Despuntan los primeros días del año y, con ellos, se renueva el viejo rito de la esperanza. Mientras se disipa el fulgor de la Navidad y recobramos el pulso de lo cotidiano, la tauromaquia recupera su sitial natural en el foro de las tertulias. Entre sobremesas prolongadas, ecos de zambombás y confidencias de tardeo, la Fiesta ha gravitado sobre nosotros: la incógnita del Domingo de Resurrección, el balance de la última gran faena, el enigma del regreso de Morante o las vísperas de un calendario por estrenar. De esa necesidad de otear el horizonte nace este texto; una invitación a pensar la temporada que ya asoma.
El ciclo taurino arranca, fiel a su inercia, con una premura en la confección de carteles que resulta, cuanto menos, discutible. Antes de descorchar el 2026, ya conocíamos las combinaciones de Valdemorillo, Castellón u Olivenza. Son ferias que, lejos de insuflar ilusión, parecen diseñadas bajo el prisma del alivio para el bolsillo del aficionado antes que del estímulo artístico. Nos enfrentamos a carteles previsibles, de trazo monocorde, carentes de pulso y riesgo. Salvo contadas excepciones, el tono general es desalentador: el aficionado vuelve a ser el gran olvidado, relegado a un plano donde su criterio parece carecer de peso.
Los grandes ciclos están al caer. San Isidro asomará en febrero y los augurios no vaticinan un revulsivo. Resulta censurable esa obsesión por anticipar el papel, como si lo que suceda en Fallas —otra feria que se vislumbra abonada a la medianía— careciera de impacto. La meritocracia, ese pilar básico para la salud de la Fiesta, parece haber sido definitivamente desterrada del léxico empresarial.
Mucho se ha escrito sobre la supuesta precariedad del escalafón actual. No comparto del todo esa sentencia que lo tilda de paupérrimo. Si bien no atravesamos una edad de oro, sí contamos con un grupo de toreros de una valía incontestable a los que, sencillamente, se les asfixia la capacidad de crecimiento. El mal no es la ausencia de talento, sino la sequía de oportunidades. El escalafón clama por una renovación tan urgente como honesta.
En esa vanguardia de la ilusión emerge con fuerza Víctor Hernández. Fue la revelación del pasado curso y sus recientes reflexiones públicas revelan una verdad y una hondura que trascienden el ruedo. Es un torero llamado a cotas altísimas. Junto a él, aguardo con expectación la evolución de Jarocho, Javier Zulueta y, muy especialmente, de Aarón Palacio, cuya última etapa de novillero fue, llanamente, sublime. No puedo dejar de nombrar a Mario Navas, poseedor de un concepto excelso al que el sistema, en su miopía, está condenando al ostracismo. Un lujo que la Fiesta no debería permitirse.
Merece crédito y paciencia Ginés Marín. Torero de técnica depurada y fondo hondo, solo precisa ese aldabonazo definitivo en una plaza de responsabilidad que lo sitúe en su justo lugar. Su paso por Pamplona y su entrega con los victorinos en Otoño son avales suficientes. Por su parte, Borja Jiménez debería ser el eje de todas las ferias: se lo ha ganado a sangre y fuego, con una regularidad de frente y sin alivios. Si la espada terminara de viajar certera, sus estadísticas serían descomunales. También reclama su sitio David de Miranda, quien, más allá de gustos, se ha jugado la vida a carta cabal cada tarde, una entrega que demanda recompensa.
Mi foco se posa en Pablo Aguado. La madurez que exhibió el año pasado invita al optimismo, pero su huella solo será indeleble si se abre a otros encastes; tres tardes en Madrid con las divisas de siempre no forjan una figura de época. Interesa ver cómo ha reposado el invierno en Juan Ortega, consolidado como faro de la tauromaquia clásica pese a su irregular año y observar la capacidad de reacción de Roca Rey. Tras un 2025 decepcionante —con la salvedad de Bilbao—, la supuesta máxima figura no puede permitirse el conformismo. Su cambio de apoderamiento debe ser un punto de inflexión; el anuncio de volver a acartelarse con Daniel Luque llega tarde, pues hoy el interés del público late más en verlo medir sus fuerzas con toreros como Borja Jiménez.
En el vivero de los escalafones menores asoman nombres que invitan a creer: Tomás Bastos, el posible nuevo estandarte portugués; El Mene, Martín Morilla, Emiliano Osornio o Bruno Aloi. Todos ellos con cualidades que exigen atención y, sobre todo, continuidad.
Mención aparte merece Sevilla. El desembarco de José María Garzón en la gestión de la Maestranza despierta una ilusión legítima. Su trayectoria avala una capacidad para armar ferias con arquitectura y sentido: equilibrio, variedad de hierros y oportunidades reales. Pero el gran reto será el toro. Tras años de presentaciones indignas para una plaza de tal categoría, urge que el toro recupere su trono en el Baratillo.
La televisión sigue siendo otro asunto pendiente. El aficionado quiere, como cualquier otro devoto de cualquier otra disciplina, ver las ferias de calidad completa. La continuidad de Telemadrid en San Isidro es muy buena noticia, al igual que el crecimiento de las autonómicas. Ojalá Canal Sur haga lo propio con la Feria de Abril de Sevilla. Pero no podemos ignorar el papel de las plataformas de pago: OneToro ofrece calidad y la posibilidad de disfrutar sin interrupciones de plazas como Santander, Pamplona o Bilbao. El futuro audiovisual de la Fiesta pasa, nos guste o no, por ahí.
Y, cómo no, Morante. El gran interrogante. Estará o no estará, reaparecerá o no. El tiempo lo dirá. Sus recientes declaraciones invitan a pensar que la vuelta llegará más pronto que tarde. Si regresa, deberá hacerlo con medida y responsabilidad: una campaña corta, de unas veinte tardes en plazas de capital, renunciando —aunque duela— a los pueblos. Ese ritmo de ochenta paseíllos no es compatible con nadie; exponerse tantísimo tarde tras tarde es inviable. Aquí estaremos para esperarle.
Es tiempo de audacia, de relevo generacional y de valentía en los despachos. La Fiesta necesita el maridaje entre los nombres consagrados y la sangre nueva; requiere combinaciones que devuelvan al tendido la emoción de lo imprevisto. Lo merecen los toreros que piden paso con argumentos de oro y lo merece, sobre todo, un público ávido de estímulos frescos para una tauromaquia que, orgullosa de su historia, sepa por fin mirar al mañana.
Escrito por Álvaro Cabello