La primavera sevillana ha expirado. Ha doblado ya el último y extenso eco de los clarines maestrantes, rubricando la muerte del último toro de la feria. Dirán los profanos que el calendario aún reserva días a esta estación idílica; sin embargo, Sevilla se rige por su propia cronología: una que nace el Domingo de Ramos y fenece con el arrastre del postrer astado en el albero. Hoy, entre la melancolía del fin y la reconfortante certeza de que la temporada no ha hecho sino comenzar, se impone el ejercicio de la memoria sobre lo acontecido en el Coso del Baratillo.
En el plano empresarial, la labor de Lances de Futuro, con José María Garzón al timón, resulta encomiable. Si bien existen aristas criticables, el balance global arroja un saldo indiscutiblemente positivo. Cifras en mano, la taquilla ha dictado sentencia: nueve tardes con el cartel de "No hay billetes" asomando por las ventanillas. Un ciclo de una rotundidad incontestable en cuanto a afluencia, donde incluso en las tardes de menor relumbrón, el aforo osciló entre la media entrada y el lleno aparente.
Es digno de mención el éxito del sector joven, un tendido que ha rebosado vitalidad gracias a una política de precios inteligente, y que el propio empresario ya ha prometido ampliar para la próxima campaña. Asimismo, la exquisitez en los detalles —como el personal de plaza uniformado— contribuye a la liturgia de este templo. El cenit de esta gestión ha sido, sin duda, la recuperación de la Venta de Antequera; devolver al aficionado el rito de contemplar las corridas en tan emblemático enclave es un acierto extraordinario.
Hablemos del eje de la Fiesta. El toro. Es justo reconocer una leve mejoría en la presentación. Los encierros de Fuente Ymbro, Núñez del Cuvillo, El Parralejo o La Quinta lucieron el trapío exacto, manteniéndose en el tipo de lo que exige la idiosincrasia del toro sevillano. No obstante, no cabe el conformismo: han saltado al ruedo ejemplares de una presencia infame, impropios de una plaza de tal categoría. Garzón ha asumido la responsabilidad de este desencanto, y la afición aguarda una enmienda urgente. Divisas como Garcigrande, Domingo Hernández e incluso los propios Victorinos resultaron deleznables por su deleznable presencia.
En el capítulo de nombres propios, "Secretario", de El Parralejo, se alza como el toro de la feria: bravo, encastado, rompiendo en varas y exigiendo de principio a fin. No le fue a la zaga la clase supina de "Bolsillito" de Victorino o la bravura indómita del miura "Lamparillo". Mención especial merece la completísima corrida de Santiago Domecq y la excelente novillada de Talavante.
En lo artístico, la terna de triunfadores rotundos es innegable: Morante, Borja Jiménez y David de Miranda.
El genio de la Puebla sigue rescatándonos del letargo de la monotonía. Todas las tardes nos deleita y nos asombra con algo distinto. La tarde del 16 de abril, el acero le arrebató un rabo que habría sido histórico —el segundo en tres años—. Pero los despojos son accesorios; lo que permanece es el toreo. Firmó una faena de una magnitud apabullante, desde un tercio de banderillas antológico hasta ese natural eterno que pareció no terminar nunca. Su estocada el lunes de farolillos fue, sencillamente, la sublimación de la suerte suprema. La estocada de la feria para el que escribe estas líneas.
Borja Jiménez acarició dos Puertas del Príncipe que se esfumaron por el mal uso de la tizona. Su dimensión ha sido la de un cuasi-figurón, pero el mando en esta Fiesta exige la rúbrica de la espada, por eso digo cuasi. Por su parte, David de Miranda, poseedor de un valor estoico, estuvo a la altura del exigente "Secretario", demostrando que su concepto, aunque personalísimo, tiene un sitio de honor en el escalafón.
No puedo, bajo ningún concepto, olvidar a Diego Urdiales y a Fortes. Los llevo de la mano porque Sevilla, no se enteraró ni de uno ni de otro. Ambos estuvieron impregnados de la esencia más purista, destilando el aroma de un toreo honesto y exquisito. La faena de Urdiales al cuarto de El Parralejo fue un manjar para paladares finos, y los naturales excelsos de Fortes al quinto de La Quinta figuran ya entre lo más granado del ciclo.
Merece también mención Álvaro Lorenzo, que aguantó tarascadas de infarto a un áspero Fuente Ymbro. Emiliano Osornio se suma también a la lista de la pureza; si madura como promete, será un torero capital. En esa nómina es obligatorio apuntar a Víctor Hernández, un torero especial con una mano izquierda de oro puro. Por su parte, la faena de Aarón Palacio al sexto de Santiago Domecq fue un prodigio de parsimonia, compostura y buen gusto.
No quiero soslayar a Roca Rey: si bien sus primeras comparecencias fueron anodinas, estuvo hecho un tío ante aquel duro Victoriano del Río. Se jugó la vida de verdad, tanto es así que pagó su entrega con sangre. Finalmente, hablemos de Juan Ortega y Pablo Aguado. Más allá de las grandes faenas, destaco su capacidad para romper con lo cotidiano. Es un deleite ver a toreros de tal corte abrazar la espontaneidad; además, he percibido en ambos una ambición que ilusiona.
En definitiva, ha sido una feria muy positiva donde el tedio no tuvo lugar. Mi análisis queda hecho. La temporada sigue su curso y la actividad hispalense no se detiene. Aún restan muchos paseíllos en la Real Maestranza: las novilladas, el Corpus y San Miguel. El arte de Cúchares, por fortuna, prevalecerá.
Escrito por Álvaro Cabello