Hay toreros que se explican en la frialdad de la estadística, nombres que llenan hojas de resultados, pero vacían el alma. Y hay otros, poseedores de una pureza innegociable, que se ven obligados a esperar en el destierro de sus casas porque el sistema actual parece no tener sitio para la verdad sin adornos. Mario Navas encabeza hoy esa lista de toreros necesarios. Su nombre circula con una mezcla de ansia y justicia entre los aficionados; es una promesa sostenida no por el número de tardes, sino por ese presentimiento sagrado que despierta quien torea como se sueña.
En un tiempo de urgencias industriales y triunfos de bisutería, el discurso de Navas camina despacio, blindado por la fe en un concepto donde el toreo es, antes que un oficio de supervivencia, una liturgia ética. Ha toreado poco porque el sistema le ha cerrado los grifos, pero ha pensado mucho; y cuando habla, lo hace con la autoridad de quien no ha vendido su alma al postureo técnico. Esta conversación no busca el titular cómodo, sino pulsar el latido de un torero que aguanta el pulso al olvido, convencido de que su concepto es el aire que la afición necesita respirar.
¿Qué lugar ocupan la fe y la espiritualidad en tu forma de prepararte y de habitar el toreo? ¿En qué se nota cuando te vistes de luces?
La fe abarca un papel importante en mi vida, ha sido sostén en mis momentos de duda, luz en mis tinieblas y guía en mi camino. En lo espiritual a veces no me entiendo ni yo, ni siquiera quién soy. Pero mi amor propio y la fe son pilares fundamentales, tanto en lo personal como en lo profesional.
Cuando hablas de tu concepto, ¿hablas de una técnica o de una manera de mirar la vida? ¿Cómo se encarna esa idea en cada muletazo?
Buscando la pureza en cada muletazo. Sintiendo toreo desde el cite, echando los vuelos y acompañando con el pecho hasta el final.
¿Quiénes son tus toreros referentes, y qué parte de ellos late hoy en tu toreo?
Siempre he sentido una admiración profunda por Juan Belmonte, el maestro trianero que siguió la estela de “El Espartero” y Antonio Montes para cambiar el sino del toreo junto al coloso de Gelves. A su vez, el maestro Rafael de Paula al cual tuve la suerte de conocer me causó impresión desde los primeros videos que tuve en mis manos, Rafael tuvo una pureza fuera de lo habitual y siempre me acogió con gusto. Por último, Morante es mi mayor referente actual, siendo el torero más completo de la historia.
Hay quien afirma que hoy se torea mejor que nunca. ¿Compartes esa idea?
Hoy en día se domina más que nunca las embestidas de los toros gracias a la evolución técnica del toreo. Lo que realmente se ha perdido es la personalidad de cada torero excepto en honrosas excepciones.
¿No crees que las faenas, cada vez más largas, corren el riesgo de diluir la emoción en rutina? ¿Dónde está el equilibrio?
Ciertamente, las faenas de hoy en día en ocasiones exceden de lo óptimo. Son de un tiempo más prolongado, en gran parte se debe a que actualmente el toro bravo es el más preparado de toda la historia. A mí me gusta pensar, que el tempo de la faena debe ser más breve, pero a su vez más intenso.
¿Para ser torero, también hay que parecerlo?
Por supuesto, va de la mano en todo momento. Es fundamental mantener una imagen tanto fuera como dentro de la plaza, pero eso se siente y se lleva dentro.
El tercio de varas es la piedra angular de la lidia. ¿Qué importancia le das tú?
Creo sinceramente que todos los tercios son importantes, ninguno se queda indiferente y resultan necesarios para que la lidia tenga un fundamento.
Tu nombre ilusiona, pero tus oportunidades han sido contadas. ¿Cómo se demuestra el hambre de torear cuando toca esperar… y aguantar?
Cuando toca esperar es preciso armarse de resiliencia en los entrenamientos del día a día; y sobre todo en la fe y confianza en uno mismo. En cuanto a las oportunidades, aún no las he tenido como matador de toros, pero sé que acabarán llegando.
La temporada que llega, ¿es, por fin, la que te permitirá decir “aquí estoy”? ¿Qué cartas tienes en la mano?
Por supuesto que afrontó la temporada con mucha ilusión esperando que me brinde la oportunidad de que se me abran algunas puertas. La única carta que hay es mi disposición y entrega al toreo.
Aún con todo por escribir, ¿qué legado quisieras dejar en la memoria del toreo? ¿Qué verdad tuya debe perdurar?
Sería bonito que con el paso de los años se me reconociese como un torero importante y algún día ser referente de toreros.
Al concluir la charla, Mario Navas no reclama, no exige, no reprocha. En su verbo no hay rastro de rencor ni esa impaciencia que suele devorar a los principiantes; habita en él la serenidad del que sabe que tiene una verdad que ofrecer. Sin embargo, es el aficionado quien siente la urgencia de alzar la voz por él.
Si bien es cierto que los destinos no deben forzarse, no es menos cierto que el sistema no puede permitirse el lujo de condenar al silencio a un intérprete de este calibre. Navas se prepara en la sombra, custodiando un concepto que tiene mucho que decir a la historia de la tauromaquia. Quizás, como sucede con las cosas verdaderamente valiosas, no somos plenamente conscientes de lo que nos estamos perdiendo mientras su nombre no figure en los carteles. El tiempo tiene la palabra; Mario Navas, el toreo.
Escrito por Álvaro Cabello