Tras una noche de muchos kilómetros en carretera para volver a mi feria predilecta, llegaba a Bilbao con la ilusión intacta de cada año, aunque esta vez con la espina de haberme perdido buena parte de unas Corridas Generales que siempre espero con especial devoción. El último día, sin embargo, prometía una recompensa a la altura de la espera. Y la hubo, aunque no precisamente por la materia prima. Vista Alegre registró un casi lleno para recibir un cartel de auténtico lujo y una corrida de Garcigrande que, en presencia, estuvo muy por debajo de lo que Bilbao exige y merece. En cuanto al juego, eso sí, mantuvo siempre vivo el interés. Volvía Morante a Bilbao después de dos años de ausencia; Daniel Luque dictó otra lección de magisterio, de esas que recuerdan por qué su nombre figura entre los toreros más completos y capaces del escalafón; y Borja Jiménez, por su parte, estuvo digno ante el lote más exigente y complejo, aunque no terminó de encontrar la llave para abrirlo. Tres toreros distintos, tres maneras de entender el oficio y una tarde que tuvo en Morante su instante de magia, en Luque su columna vertebral y en Borja la asignatura pendiente de una corrida que, en líneas generales, quedó lejos de la categoría ganadera que esta plaza reclama.
Enfundado en aquel terno mandarina e hilo blanco que estrenara en el Corpus, Morante volvía a pisar el negro albero bilbaíno. La trayectoria del genio en esta plaza ha oscilado siempre entre el amor y el desamor, transitando de las tardes de apoteosis al gris más sombrío. La jornada de hoy ofreció un crisol de ambos extremos. A sus dos toros los masacraron en varas con saña, dejándolos exhaustos y parados para el tercio de muleta. Frente al primero, sin embargo, atisbamos la quintaesencia del toreo al natural en pasajes de deslumbrante temple sobre la zurda, de pulso dormido y cadencia infinita. Colocado como solo él sabe colocarse, invadiendo terrenos comprometidos, logró que la embestida —de noble estilo, pero sumisa de fuerzas— del de Garcigrande viajase hasta detrás de la cadera, regalando muletazos de bellísima factura. Le habría cortado una oreja de no haber sido por el pinchazo.
Si a este primero lo castigaron en exceso, al cuarto directamente lo mataron en el peto: percutiendo, reponiendo y con el varilarguero encima de un animal que llegó a la franela sin un ápice de fondo. El de La Puebla solo pudo abreviar, desatando una división de opiniones enmarcada entre sonoros pitos. Por cierto, la cuadrilla de Morante pareó al primero con rehiletes adornados con la bandera de España, detalle que provocó la abierta tirria de cierto sector de la grada. Quien se pique, que se rasque. Viva España y viva Morante.
Por su parte, Daniel Luque volvió a ratificar que es una de las cabezas más privilegiadas y capaces del escalafón. Firmó una tarde rotunda. El segundo era un manso de solemnidad. Parecía imposible extraer agua de semejante pozo, pero Luque poseía la vara de zahorí. En los adentros del siete, donde el castaño decidió plantar, o más bien huir de la batalla, transcurrió todo el trasteo. Porque en esa mansedumbre correosa restaba una movilidad que el de Gerena aprovechó con maestría, dejándole la muleta en la cara y recurriendo al tan discutido pase de la noria —tan legítimo como impecable en esta ocasión—. Se limitó a conducirlo sin un solo enganchón, a media altura, cosiendo el muletazo y conectando con rotundidad con el tendido. Tras una buena estocada, paseó un apéndice.
Volvió a exhibir Luque su magisterio en el quinto, toreando con oficio, ligazón, suavidad y enorme empaque. Su sinfonía arrancó ya con el capote, manejado con soltura y temple, hasta firmar un quite inédito con la capa a una mano a modo de trincherillas. Fue entonces cuando ya emergieron algunos gritos extemporáneos desde la grada espetando un «¡Morante, aprende!». Decirle a Morante que aprenda es tan absurdo como pedirle lecciones a Juan de Mesa por estar esculpiendo Montañés. En fin. Brindó el de Gerena con emotividad al cuerpo de monosabios tras el percance sufrido el día anterior por uno de sus miembros. El caso es que a «Coraje» le cuajó una faena de intensa variedad. Toreó con gusto y armonía tanto en redondo como al natural, buscando siempre la ligazón en muletazos de espléndido embroque y sobrado de solvencia técnica. Todo fluyó bajo un ritmo sedoso, pues el de Garcigrande andaba justo de casta y no admitía brusquedades. Faltó esa rotunda rotundidad, valga la redundancia, para que Matías concediera la segunda oreja que la pañolada reclamaba con fuerza. Hizo bien el presidente en velar por el rigor de esta plaza.
El toro más bravo y encastado resultó ser el tercero, por más que su presencia fuese infame. Este animal debía haber saltado en sexto lugar, pero al partirse los dos pitones en el peto el titular, se corrió turno. Cornivuelto, fino y falto del trapío que exige este coso, el de Garcigrande humilló desde el saludo capotero hasta el último pase de muleta, tras superar una lidia desastrosa en banderillas. El colorado desplegó su profundidad y clase ante la muleta de Borja Jiménez, quien quiso imponerse con mando y autoridad desde el inicio. Sin embargo, el de Espartinas no logró asentarse del todo, y quizá esa exigencia tan atosigadora impidió que la faena tomara el vuelo merecido. Pinchazo y estocada contraria.
Con el sobrero que cerró plaza se esmeró Borja sin conseguir pulir las embestidas ásperas y los violentos punteos del animal, hasta cuajar una estimable tanda en las postrimerías en la que apretó al toro y provocó que este terminara rajándose. Todo concluyó con una estocada caída.
LA RESEÑA
Plaza de Toros de Vista Alegre, Bilbao. 6ª de abono de las Corridas Generales de la Aste Nagusia. Sábado 29 de agosto de 2026. Casi lleno.
Toros de Garcigrande ⚪🔴: mal y desigualmente presentados. En general les faltaba plaza para Bilbao. Hubo de todo: un primero con cierta clase, pero sin fuelle; el segundo manso de solemnidad, aunque con movilidad; un tercero de mucha clase; el cuarto totalmente apagado; noble, pronto, con clase y movilidad el quinto; y un sexto (primer sobrero) muy áspero y violento.
Morante de la Puebla (mandarina e hilo blanco), ovación y división de opiniones.
Daniel Luque (lila y plata), oreja y oreja con petición de la segunda.
Borja Jiménez (blanco y oro), ovación en ambos.
Notas: el tercero de la tarde fue devuelto y se alteró el orden de lidia, saliendo en dicho lugar el que en un principio haría de cierraplaza, y en sexto lugar el reseñado como primer sobrero.
Escrito por Álvaro Cabello de la Haba