La tierra donde nació mi afición levantó esta tarde el telón de su feria taurina. El abono gana este año dos festejos más y eso, en medio de tanta miseria estructural, debería ser motivo de celebración. Pero hoy acudir al coso de Los Califas se ha convertido, por desgracia, en una experiencia dolorosa para cualquier aficionado cabal. Lo que tendría que ser una plaza de enorme relevancia dentro del panorama taurino actual languidece convertida en una caricatura de sí misma: una portátil revestida de primera categoría, sostenida por una afición que ha perdido casi por completo el respeto al rito y a la liturgia del toreo. En Córdoba ya no interesa el tercio de varas. Se pita el segundo puyazo, se celebran los simulacros de lidia y se jalea cualquier efectismo en medio de un ambiente de verbena donde abundan más los consumidores de espectáculo que los aficionados. Desde los tendidos cae constantemente un ruido necio que impide hasta paladear el toreo cuando aparece. Y apareció. Vaya si apareció. Porque mientras Julio Norte terminaba saliendo triunfador gracias a un concepto perfectamente adaptado al gusto predominante en la plaza, Emiliano Osornio dejó el toreo grande de la tarde escrito con letras de oro ante la indiferencia general. Manuel Quintana, por su parte, apenas pudo mostrar destellos de sus exquisitas formas frente a un lote deslucidísimo.
Acuérdense del nombre de Emiliano Osornio. Hay en ese muchacho una pureza inhabitual y un poso impropio de su tiempo. Recibió al primero de la tarde con un ramillete de verónicas templadísimas, dichas con exquisita expresión, rematadas en una media sencillamente sublime que sí alcanzó a despertar el eco de los tendidos. El novillo, de aceptable presencia, venía ya anunciando su fragilidad y terminó confirmándola durante la faena de muleta. Poco pudo hacer el mexicano más allá de dejar esbozos de ese toreo puro y profundo que atesora, porque el animal no tenía una embestida capaz de sostenerse y se derrumbaba constantemente sobre la arena. Lo despachó de una estocada tendida.
Pero sería en el cuarto donde Osornio terminaría de dejar su impronta. Allí brotaron una sucesión de naturales que eran auténticos carteles de toros. Oro puro. Se cuidó muchísimo al impresentable ejemplar de El Cotillo durante toda la lidia, conscientes todos de su escasísimo fondo. El mexicano se fue directamente a la zurda, toreando con la mano de los billetes, dándole el pecho al animal y ligando tandas de enorme poso mientras el novillo humillaba con clase y viajaba hasta el final del muletazo. Lo incomprensible fue comprobar cómo la plaza permanecía ajena a cuanto estaba sucediendo. No se puede torear con más verdad, más entrega ni mejor gusto. Con la diestra la faena decayó ligeramente, pues el animal ofrecía mucha menos entrega por ese pitón. Pero bastó volver a la izquierda para que regresaran los naturales eternos, lentísimos, cargados de personalidad y aroma clásico. Otra vez los carteles de toros hechos muletazo. El mitin con la espada le privó del trofeo. O quizá no, porque allí daba exactamente igual lo que hubiese ocurrido delante del toro, nadie parecía enterarse de nada.
Queda dicho. Emiliano Osornio puso esta tarde el toreo. Ese toreo por el que merece la pena recorrer cientos de kilómetros. Sin embargo, quien terminó abriendo la Puerta de Los Califas fue Julio Norte, representante de un concepto radicalmente distinto: menos clásico, más efectista, pero también cargado de mando y capacidad para conectar con el público contemporáneo. Y Córdoba se entregó por completo. Ya calentó los tendidos al recibir al segundo con una larga cambiada de rodillas. El novillo derribó dos veces al caballo en un tercio de varas convertido, como durante toda la tarde, en puro trámite desordenado y al relance. Aquí el caballo molesta. Aquí la suerte de varas estorba. Brindó Norte a “El Cordobés”, desatando una atronadora ovación al V Califa. Cuando Benítez se colocó la montera, la plaza terminó de perder definitivamente la cabeza. Genio y figura hasta la sepultura. Inició Norte la faena agarrado a tablas, para después sacar al novillo más allá de las rayas de picar brotando un cambio de mano de mucha cadencia. El animal tuvo nobleza, aunque protestó continuamente en el tercer muletazo por su escasa fuerza en las primeras tandas diestras, donde el salmantino apareció por momentos algo desacoplado. Al natural llegaron los pasajes de mayor profundidad, con muletazos largos y sentidos mientras el novillo acusaba cada vez más el mando impuesto por el joven espada. Tras pinchar, dejó una estocada caída.
Sabedor ya de que tenía a la plaza completamente entregada, Norte salió a por todas en el quinto. Comenzó de rodillas con cambiados por la espalda y edificó después una faena basada en el dominio, la inercia y la conexión permanente con el tendido. Todo ocurrió por el pitón derecho, aprovechando inteligentemente el viaje del novillo, algo que el respetable celebró con entusiasmo desmedido. Al natural no terminó de encontrarse cómodo. El epílogo de manoletinas de rodillas, muy poco ortodoxas, terminó de volver locos a los tendidos. Eso sí: el espadazo fue rotundo. Un estoconazo de libro que puso en sus manos dos orejas generosas y la primera Puerta de Los Califas de la feria.
Manuel Quintana hacía esta tarde el paseíllo como novillero con caballos por primera vez ante sus paisanos. Pisaba ya el albero el tercero de la tarde y los areneros seguían en sus labores mientras el novillo estaba en escena. Qué vergüenza de plaza. Quintana recibió al animal con unas verónicas acarameladas, de magnífico trazo, rematadas en una media exquisita. Después todo se complicó enormemente. El novillo presentó muchísimas dificultades y el cordobés tuvo que ir resolviendo la papeleta muletazo a muletazo, más cómodo siempre sobre la mano derecha, pues al natural apenas existía posibilidad alguna de ligar debido a las violentas protestas del animal. No pudo verse todavía la verdadera dimensión del torero, aunque dejó detalles suficientes para advertir las formas exquisitas que posee. De haber acertado con la espada al primer intento, probablemente habría tocado pelo.
El sexto terminó por hundir definitivamente sus posibilidades. Quintana puso toda su voluntad delante de un novillo protestón e incómodo, imposible para el lucimiento. Lo intentó el cordobés por ambos pitones, pero aquello no tenía una sola opción de construir faena. Dejó una estocada caída y puso final a la primera estación del calvario taurino que amenaza esta feria. Mañana lidia Juan Pedro una novillada de tercera. Y esto no ha hecho más que empezar.
LA RESEÑA
Plaza de Toros “Los Califas”. 1ª de abono, Feria de Nuestra Señora de la Salud, Córdoba. Sábado 16 de mayo de 2026. ¼ de plaza.
Novillos de El Cotillo 🟢⚪ (1º, 2º, 4º, 5º y 6º): justos de presencia. En general de buena condición, pero desrazados y venidos a menos; y Hnos. Collado Ruiz 🔵⚪ (3º): mal presentado y muy deslucido en su juego.
Emiliano Osornio (gris plomo y oro), silencio y silencio tras aviso.
Julio Norte (rosa y oro), ovación y dos orejas.
Manuel Quintana (celeste y oro), ovación tras aviso y ovación.
Notas: Se desmonteraron Rafael Rosa y Óscar Reyes en el tercio de banderillas en el quinto.
Escrito por Álvaro Cabello