Hay tardes que hieren tanto al aficionado que hasta el propio ejercicio de escribir se vuelve áspero. Uno se sienta frente al papel sin saber si empezar por la indignación, por el hastío o directamente por la tristeza. Porque lo sucedido en el coso no admite demasiados rodeos: la presentación del encierro de Juan Pedro fue una afrenta intolerable para una plaza de primera categoría. No se exige el toro de Madrid ni exageraciones imposibles, pero sí una plena integridad, además de seriedad y trapío acorde a la responsabilidad del escenario. Lo lidiado hoy era esperpéntico: animales anovillados, sin cuajo, sin cara, sin la presencia elemental que demanda el respeto al aficionado. Pero la responsabilidad no termina en la dehesa. Sería demasiado sencillo cargar toda la culpa sobre el ganadero. Aquí fallan demasiados estamentos a la vez: la empresa que anuncia y consiente, el palco que aprueba en los reconocimientos y los propios matadores que aceptan enfrentarse a semejante encierro. El aficionado, mientras tanto, asiste resignado a una caricatura de la Fiesta convertida en costumbre. Y lo peor quizá no sea ya lo que ocurre en el ruedo, sino la absoluta normalización del disparate. Porque el bochorno no acaba en los corrales. Se extiendo por los tendidos. Se ovaciona a los varilargueros por no picar, se conceden trofeos con una frivolidad sonrojante, importa poco la verdad de las faenas y menos aún la colocación de la espada. Los tendidos, entregados a un entusiasmo de verbena, celebran cualquier efectismo como si aquello fuese una caseta de feria antes que una plaza de toros. La Fiesta se devalúa cada tarde un poco más entre la complacencia general y la ausencia absoluta de rigor.
El novillito jabonero que abrió plaza embistió con suma clase a las verónicas templadas de Daniel Luque. Toda aquella clase, sin embargo, venía sostenida sobre una alarmante falta de fuerza. Brindó el sevillano al público, que celebró incluso la caída de la montera boca abajo como si se hubiese marcado un gol en El Arcángel. Así están las cosas. Entendió Luque muy pronto la condición del animal y le abrió caminos con inteligencia. Sobre la mano izquierda llegaron dos series de magnífico pulso, largas y cadenciosas, aprovechando la nobleza y el celo de un toro que repetía con entrega y clase en la tela. Hubo momentos de verdadero gusto. Pero terminó el de Gerena por ahogar en exceso aquella embestida, faltándole quizá darle más distancia y más tiempo entre tandas para no asfixiar el tranco del animal. Las luquesinas finales encendieron definitivamente a los tendidos. Una estocada fulminante bastó para que se premiasen con dos orejas pueblerinas.
Muy distinta fue la condición del cuarto. Feo de hechuras y de comportamiento, el de Juan Pedro desarrolló una embestida descompuesta, rebrincada y siempre incierta. Ahí emergió el oficio enorme de Luque, que a base de técnica, colocación y mando consiguió corregir parcialmente el desorden del animal para arrancarle muletazos aislados, siempre muy por encima de la condición del toro. Mató de una estocada muy tendida y, aun así, los tendidos reclamaron incomprensiblemente el trofeo. El presidente, esta vez negó la petición.
El segundo, otro ejemplar impropiamente presentado, prendió de forma espeluznante a Fernando Pereira, al que levantó del abdomen durante unos angustiosos segundos antes de ser trasladado a la enfermería. David de Miranda brindó al público y comenzó la faena muy firme, pasándolo por alto con gesto hierático. El toro, reservón y sin entrega verdadera, nunca terminó de romper hacia adelante. El onubense lo condujo casi siempre metido entre los pitones, abusando en ocasiones del pico en su afán de mantener viva la embestida. Las bernardinas finales, de indudable efectismo, terminaron de conquistar a unos tendidos ya predispuestos al entusiasmo fácil. Y así, un bajonazo infame acabó teniendo premio de oreja.
Sabía perfectamente De Miranda qué teclas tocar para incendiar la plaza y salió decidido a por el doble trofeo en el quinto. El inicio de faena, estatuarios de rodillas, tuvo emoción y conectó rápidamente con el público. El toro carecía de ritmo y profundidad, pero el de Trigueros logró someterlo a base de firmeza y poder. Sobre la izquierda surgieron los pasajes de mayor limpieza, aunque faltó ajuste y rotundidad para que aquello terminase de tomar verdadero vuelo. En las cercanías, donde el torero se siente más seguro, se pegó un insulso arrimón con el animal ya agotado. Volvió a estar muy desacertado con la espada, pero eso apenas importaba ya a unos tendidos dispuestos a pedir cualquier premio. Esta vez no hubo oreja, aunque sí una vuelta al ruedo que terminó de retratar el ambiente de la tarde.
Manuel Román regresaba a su tierra. Y casi habría que decir que regresaba también a torear, porque desde su alternativa en esta misma plaza apenas ha tenido oportunidades de doctorarse de verdad delante del toro. Lo paradójico es que volvió a encontrarse con dos novillos, esta vez, disfrazados de toros. En el tercero dejó algunos lances de buen aire a la verónica, aunque más prometedores en la intención que rotundos en el resultado, con frecuentes enganchones. El animal acusó siempre querencia y Román entendió bien que debía mantenerle la muleta muy puesta para evitar que mirase hacia tablas. Ligó entonces dos tandas estimables con la diestra, de cierta intensidad y buen trazo, aprovechando la clase que el toro sí tuvo por ese pitón. Al natural, en cambio, todo perdió consistencia. Midió correctamente la faena y, tras un final por bajo de acusado gusto estético, dejó una estocada muy delantera. Otra oreja regalo de la casa cayó del palco.
Con el sexto, un auténtico borreguito sin presencia ni fondo alguno, volvió a evidenciarse el momento todavía verde del cordobés. Román puso voluntad y disposición, pero jamás terminó de imponerse ni de encontrar solución a una faena deslavazada frente a un animal que tampoco ofrecía posibilidad alguna de lucimiento. El espadazo final derivó en un nuevo mitin con los aceros que terminó por apagar definitivamente una tarde festivalera más en Los Califas.
LA RESEÑA
Plaza de Toros “Los Califas”. 2ª de abono, Feria de Nuestra Señora de la Salud, Córdoba. Domingo 17 de mayo de 2026. 1/3 de plaza.
Toros de Juan Pedro Domecq 🔴⚪: de deleznable presencia, anovillados, sin un ápice de trapío. Bien arreglados de pitones. Desiguales en el juego. El primero de mucha clase pero escasa fuerza, un segundo venido a menos; el tercero fue manso pero repetidor y con clase en la muleta; un cuarto muy descompuesto, noble pero con poco fondo el quinto; sin muchas opciones el sexto.
Daniel Luque (sangre de toro y oro), dos orejas y vuelta al ruedo tras petición.
David de Miranda (rosa y oro), oreja y vuelta al ruedo tras petición minoritaria.
Manuel Román (malva y oro), oreja tras aviso y palmas tras aviso.
Notas: resultó herido Fernando Pereira en el cuarto.
Se desmonteraron Rafael Rosa y Óscar Reyes tras parear al tercero e hizo lo propio Anronio Manuel Punta en el cuarto.
Escrito por Álvaro Cabello