Llegaba ya la última de abono del ciclo taurino de Córdoba, y lo hacía bajo una tarde bochornosa y nublada en lo climatológico, pero que lució la mejor entrada de toda la feria. Era el cartel de postín, el que más público logró concentrar en el graderío. Sin embargo, de puertas hacia adentro todo seguía exactamente igual: paseos constantes de cubatas, orejas concedidas como si fueran caramelos y un ambiente verbenero impropio de una plaza de esta historia. Un encierro de Domingo Hernández ponía el punto final al ciclo; en líneas generales, un lote de toros venidos a menos y que orbitaron en esa pobre presencia que el ganado luce en Córdoba. Entre tanto desierto, empero, las manoletinas de Pablo Aguado.
Torerísimo y con unas cadenciosas verónicas a pies juntos recibiría Pablo Aguado al tercero de la tarde, firmando el ramillete con una despaciosísima media. La plaza se vino abajo cuando el sevillano brindó a “El Cordobés”, un gesto al que replicó el V Califa, después rompiéndose la montera en la cabeza. Aquello fue un auténtico manicomio. Qué grande es el Benítez. Parecía que el toro iba a prestarse a algo más que sus descastados hermanos anteriores y allí, en los bajos del tendido tres, comenzó Aguado un prólogo salpimentado de ayudados y trincherillas de bellísima estampa. El pitón del de Domingo Hernández era el derecho, por donde repetía con cierta clase, y ahí Aguado se acopló con exquisitez, exigiendo siempre el viaje en muletazos de mano baja y supremo temple. Todo en su labor tuvo cadencia, torería y esa naturalidad innata que impregna cuanto hace. Al natural al toro le costaba un mundo más y el trasteo decayó un punto, pero aun así dejó trazos de muy bonito aire. Hubo muchísimo sabor en la obra, aunque faltara rotundidad. Fue a por la espada y, antes de ejecutar la suerte suprema, vino un epílogo por manoletinas... ¡Dios mío! En la mismísima tierra del coloso cordobés, del monstruo, ejecutadas por el mismo palo. Cuánta gallardía tuvieron. La figura hierática, dando un leve sobresalto con las puntillas para girar con suma cadencia e hilar unas cuantas de clamor. Todo ello brotó unido a una trinchera donde el toro perdió las manos y que el sevillano solventó con un molinete y un de pecho extraordinario. Un final sublime. Servidor estuvo dispuesto a ondear el pañuelo por primera vez en todo el abono, pero el pinchazo previo a la estocada lo impidió. Pudo pasear una oreja que, vista la nula exigencia de la plaza, terminó siendo la más merecida de toda la feria.
Después, en el sexto, Iván García puso la plaza en pie con dos pares monumentales. Da igual cuándo se lea. Está a años luz del resto. Plata de ley. Después, Aguado volvió a dejar constancia de su exquisita torería frente a un toro al que le faltaron fuerzas y fondo para romper definitivamente. Entre la inconsistencia del animal emergieron naturales bellísimos, dichos con esa cadencia tan suya, antes de enredarse con los aceros.
Pudo gustarse Juan Ortega en el recibo capotero al segundo, instrumentando verónicas de buen compás con las que se salió con el toro hasta el platillo de la plaza. Anduvo voluntarioso el matador llevando al de Domingo Hernández al caballo por delantales, dando paso a un quite de Aguado por chicuelinas rematado con una excelente media. El astado arrastró desde el inicio una marcada tendencia a las querencias. Ortega brindó al respetable y de su torero inicio sobresalieron dos trincheras colosales, dichas con empaque y lentitud. Sobre la diestra cimentó algunas series templadas y estimables ante un toro noble que se dejó por momentos, aunque andaba muy justo de raza. Al natural, sin embargo, el animal comenzó a protestar y Ortega nunca terminó de encontrarse del todo con él, diluyéndose el trasteo. Una estocada efectiva le aseguró una oreja a todas luces generosa.
El quinto se vino abajo muy pronto, en cuanto el sevillano le bajó la mano y trató de someterlo de verdad. El toro, desprovisto de fondo y raza, se vio podido enseguida y la faena quedó reducida a algunos detalles aislados y a una voluntad que nunca terminó de romper hacia los tendidos. Daba igual; allí se desató una petición de dos orejas de circo. Hizo bien el presidente en mantener la cordura y no atender la segunda petición, dejando el premio en un solo trofeo.
De Manzanares cabe decir que ni está ni se le espera. Además, hoy sorteó dos inválidos de manual. Se empeñó en sostener al flojo primero llevándolo siempre a media altura, sin obligarle ni exigirle jamás un esfuerzo mayor. Todo transcurrió entre la frialdad y la falta de emoción. Mató con eficacia, pero la oreja concedida por el palco —sin siquiera una mayoría visible en la petición de los pañuelos— resultó un auténtico despropósito.
Poco o nada pudo hacer con el cuarto, un toro descastado que se defendía por su manifiesta falta de fuerzas. El alicantino insistió en demasía, alargando innecesariamente una labor huérfana de posibilidades reales que concluyó con un pinchazo y una estocada algo trasera.
LA RESEÑA
Plaza de Toros “Los Califas”. 5ª de abono, Feria de Nuestra Señora de la Salud, Córdoba. Domingo 24 de mayo de 2026. ¾ de plaza.
Toros de Domingo Hernández 🔵🔴🟢: muy justitos de presencia, en general terciados.
José M.ª Manzanares (rioja y azabache), oreja y ovación.
Juan Ortega (verde manzana y oro), oreja y oreja con petición de la segunda.
Pablo Aguado (catafalco y oro), oreja y ovación tras aviso.
Notas: saludó Iván García tras parear al sexto.
Escrito por Álvaro Cabello