Amanecía en El Puerto de Santa María en una mañana cálida de estío, pero impregnada de un aliento distinto. Una expectación casi mística envolvió la bella ciudad gaditana. Toros en El Puerto. Nos hallábamos en los umbrales de una temporada histórica, con la responsabilidad del abono gravitando sobre los cimientos del arte morantista: el genio frente al espejo de la historia. A las ocho en punto de la tarde, los compases del Maestro Dueñas desgranaron ese jubiloso pasodoble que es Toros en El Puerto, partitura nacida del numen de otro genio. De absoluto reestreno comparecía el de La Puebla: un deslumbrante vestido berenjena y oro, galardonado con bordados en hojas de laurel. Qué venturoso rito es siempre el paseíllo en este marco monumental. Tras los acordes del Himno Nacional, los espadas caminaron en fila buscando el burladero de matadores aun con el capote de paseo aún liado al cuerpo. ¡Cuánto sabor de época atesora la Real Plaza! Acto seguido, el torero cigarrero tomó sobre su diestra vendada tal montera decimonónica para recoger la estruendosa ovación que el respetable le tributaba. Nadie sospechaba la dimensión del acontecimiento; la expectación, en esta ocasión, esquivó por completo a la decepción.
El primero de la divisa de Álvaro Núñez avisaría de su quebradiza fortaleza ya en las verónicas gallistas y de manos altas con que Morante saludó su salida. Adivinó el sevillano la incontestable calidad —frágil, pero de superior nota— que atesoraba el astado. Todo se lo administró con milimétrica pulcritud, dibujando una lidia en completa armonía con las fuerzas del animal: redujo al mínimo las telas en el capote y ordenó un puyazo tan sutil como testimonial. El prólogo del trasteo brotó preñado de un temple arrollador, sosteniendo la embestida a la media altura precisa. Con los descansos que el toro demandaba, fue desgranando derechazos monumentales, trazados con un empaque sideral. Por el pitón zurdo los naturales surgieron largos y de preciosa factura, a pesar de que el de Núñez acusaba allí mayor querencia a vencerse. El cénit de la obra se escenificó en la dimensión de una baldosa, ligando sobre la diestra a compás en un auténtico monumento al toreo en redondo, rematado con un cambio de mano encuadrado en el séptimo cielo. La plaza se erigió en un clamor. Un pinchazo arriba acusó el dolor de su mano lastimada, antes de cobrar una estocada recibiendo algo trasera que bastó para hacer rodar al burel y desatar el trofeo.
La Real Plaza de Toros, a la muerte del cuarto, bien pudo declararse en bendita y colectiva demencia. La concurrencia entera se abandonó al delirio morantista, sobrecogida por el impacto de lo presenciado. Rozaba el pasaje de lo irreal. Rozando las diez de la noche, el albero se cubrió de sombreros voladores y palmas por bulerías mientras Morante completaba una parsimoniosa vuelta al ruedo con una oreja en la mano. Nadie hubiese augurado tan fabuloso desenlace cuando el áspero e incierto cuarto fue masacrado bajo el peto y el diestro mostraba en su rostro esa ostensible aflicción. Se barruntaba la desgana en los tendidos; sin embargo, sobre la arena portuense se obró una faena instalada en el filo de lo inverosímil, levantando una catedral de toreo cimentada en un valor sereno y colosal. Todo discurrió en el más absoluto y reverencial silencio. Al igual que a las cofradías de negro las envuelve el rachear de los costaleros o la saeta que rasga la noche, a Morante lo mecía los olés de las almas contenidas. El sevillano formó un alboroto monumental a base de buscar la colocación exacta y tirar de la embestida en muletazos de uno en uno, despacio, con una finura casi etérea. Sostuvo los parones de un animal que se quedaba a mitad del viaje y que le buscaba los pechos con marcada intención. El cigarrero le concedió aire, volvió a pulsear la embestida y extrajo muletazos de una verdad descarnada. Si existe una traslación terrenal al axioma de "torear con el alma", debió de ser lo presenciado en esa obra, donde el cuerpo pareció desvanecerse para dar paso al espíritu puro. La plaza se entregó en pleno a esos pases de orfebre impensables minutos antes. Una faena para los anales. Nuevamente el dolor se hizo presente en un pinchazo previo a la estocada contraria antes de que se concediera el apéndice.
Alejandro Talavante cimentó un trasteo entonado sobre el pitón derecho, aunque pecase de encimista frente a un segundo alegre y pronto. El fino astado embestía con suma clase, humillando y repitiendo con celo en el engaño, luciendo superior en el embroque que en unos remates donde punteaba las telas con molestia. Por el lado izquierdo, por contra, el de Álvaro Núñez se mostró más descompuesto, rebrincado y de recorrido corto. El extremeño mató de una estocada tendida y la petición popular merodeó la mayoría sin alcanzar el pañuelo, quedando el balance en una ovación.
Todo discurría con placidez hasta que en el quinto asomó la indultitis, ese mal endémico que con frecuencia devalúa la severidad del rito. Esta vez la presidencia mantuvo la dignidad y el criterio técnico. Ponderoso fue un toro de bandera en la muleta: ritmo, movilidad, clase y humillación sin descanso. No se cansó de embestir, ni Talavante de correr la mano por ambos pitones en medio de la efervescencia de los tendidos. Brilló el diestro especialmente en el toreo al natural, hondo y de trazo muy largo. Tras señalar una estocada en medio de la vociferante petición de indulto, el pañuelo azul hizo honor a la condición del toro, que no era merecedor de tal prestigio por su nula entrega bajo el peto: tomó un puyazo empujando con un solo pitón mientras tenía la salida tapada y, en cuanto atisbó un resquicio de huida, huyó sin compromiso del peto.
El jabonero lidiado en tercer lugar no ofreció facilidades a Juan Ortega, luciendo serias complicaciones y un feo estilo. Lo recibió el diestro de Triana con un ramillete de verónicas de impecable corte y una media que fue un cartel de toros. Estuvo Ortega francamente bien en el prólogo de la faena, desde unos torerísimos doblones hasta dos series de seda sobre la diestra. Por el izquierdo, sin embargo, el de Álvaro Núñez se venció con rectitud y le avisó en dos ocasiones buscando el bulto. A partir de ese instante el toro se volvió reservón y se aplomó, emborronando las opciones de lucimiento. Una estocada certera bastó para que el torero saludara desde el tercio.
La tarde caminaba pletórica cuando asomó el cierraplaza por toriles, y Ortega contribuyó a ese clima con un soberbio saludo capotero. Meció al castaño en verónicas encajadas y de ritmo acompasado, firmadas con una sublime media. De igual belleza resultó el galleo por chicuelinas airosas para dejar al toro ante el caballo, donde apenas se empleó. El de Triana cruzó el puente, y todo era San Bernardo cuando abrió el trasteo con el cartucho de pescado, para dar paso a unos ayudados por alto rodilla en tierra de plástica escultura. Apuntaba altas virtudes el de Álvaro Núñez, pero su fondo se extinguió con prontitud. Para colmo de males, Ortega se atascó de forma definitiva con los aceros.
LA RESEÑA
Real Plaza de Toros de El Puerto de Santa María. 2ª de abono de la Temporada Taurina. Sábado 1 de agosto de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de Álvaro Núñez 🟢⚪: correctos de presencia. El primero tan enclasado como de nulo poder; un segundo desigual; el tercero dificultoso; un cuarto bronco e incierto; el quinto extraordinario; de buena condición pero venido a menos el sexto.
Morante de la Puebla (berenjena y oro), oreja y oreja y petición tras aviso.
Alejandro Talavante (grana y oro), ovación tras petición y dos orejas tras aviso.
Juan Ortega (oro viejo y oro), ovación y silencio tras aviso.
Notas: saludaron Javier Ambel y Manuel Izquierdo tras parear al quinto.
Se le dio la vuelta al ruedo a “Ponderoso”, nº67, lidiado en quinto lugar.
Escrito por Álvaro Cabello de la Haba