Sevilla: quién te ha visto y quién te ve. El templo maestrante languidece en una preocupante metamorfosis. Ya no solo ha extraviado sus silencios sepulcrales, aquellos que pesaban como el mármol, sino el rigor ciego que la hacía única en el orbe taurino. Hoy, la plaza navega a la deriva, entregada a un público de talante festivalero y un palco que, con ligereza censurable, concede trofeos de un cariz pueblerino. Bajo un cielo plomizo y tormentoso, se lidió un encierro de Alcurrucén, de impecable presencia, pero de tedioso contenido en su mayoría. No fue la meteorológica la única tempestad que nos azotó; la borrasca del triunfalismo también hizo mella en el albero.
Pepe Moral compareció con el ánimo encendido, marchándose a la puerta de toriles para recibir al abreplaza. Tras una larga cambiada de limpia ejecución, el de la familia Lozano comenzó a mostrarse remiso, con una embestida que se quedaba en las zapatillas. Fue una lidia de brega áspera y un paso por el caballo tan discreto como mal ejecutado en la suerte de varas. Moral, con la franela en la diestra, apostó por la cercanía, extrayendo muletazos de mano baja y trazo corto a un animal que no regalaba nada. Pese al esfuerzo del palaciego, la faena no terminó de romper ante la falta de motor del astado. Tras una estocada certera, recibió una ovación de puro afecto.
Un precioso "Tonadillo", berrendo colorao, cuya estampa nos transportó por un instante a la plaza de Bilbao, evocando aquel místico Atrevido que Diego Urdiales sublimó en su día. Al tiempo que el animal ganaba el albero, un diluvio de órdago se desplomó sobre la Maestranza. Moral, con la montera calada, cuajó un inicio por bajo muy torero, hundiendo el mentón y saboreando cada embroque. Pero el idilio fue efímero. No terminó de descifrar el ritmo de un burel que, aun con sus matices, humillaba y repetía con prontitud. Entre el desacople y la falta de toreo al natural, la obra se fue diluyendo bajo el agua. Lo más insólito llegó tras una estocada defectuosa: una vuelta al ruedo que nadie alcanzó a comprender, fruto de esa inercia complaciente que hoy habita en los tendidos. A este torero le basta y le sobra con la de Miura.
El segundo de la tarde también manoseó la frialdad en su salida, y cuando finalmente decidió acometer al capote de Lama de Góngora, lo hizo con violencia correosa. Sin embargo, en la muleta, el de Alcurrucén destapó una embestida pastueña y de gran clase por ambos pitones. El sevillano comprendió que el éxito radicaba en la corta distancia y allí cinceló muletazos de empaque, otorgando el respiro necesario entre series. La faena, de trazo irregular pero ascendente, alcanzó su cénit en el epílogo: derechazos hondos de mano baja y un cambio de mano exquisito. Ofreciendo el pecho, a pies juntos, cerró con naturales de digna factura. No sé si la obra era de oreja —mi juicio dice que no—, pero menos aún tras empañarla con un pinchazo. Una petición pírrica y minoritaria bastó para que el señor Luque Teruel asomara el pañuelo, concediendo un infame trofeo pueblerino. Qué bajo está cayendo Sevilla.
El quinto, acapachado de cuerna, desentonó en el armónico conjunto del encierro. Cumplió en el caballo, pero aquel fuelle inicial resultó un espejismo que se desvaneció pronto en la muleta. Lama de Góngora se mostró desordenado y extraviado, sin encontrar el sitio ante un animal que fue una simbiosis de escasa casta y deslucimiento. El trasteo, insulso, se tornó excesivamente denso. Mató bien tras un pinchazo.
Fabio Jiménez vivió el infortunio de estrellarse contra un lote huérfano de opciones. Es una lástima, pues en el joven se atisban unas formas excelsas y un concepto muy puro. El tercero se consumió pronto, yendo a menos en cada embroque. El de Alfaro, muy predispuesto, exhibió ese corte sublime que le impregna; más allá de algún natural suelto, templadísimo, que Sevilla supo paladear, el descastado astado no ofreció resquicio al lucimiento. Cobró una gran estocada.
Con el sexto se ratificó su mal fario en el sorteo. Volvió a justificarse mediante un estilo clásico y ortodoxo, pero poco más pudo rascar en un erial de embestidas. Mató de buena estocada tras pinchar en dos ocasiones.
LA RESEÑA
Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 2ª de abono, Feria de Abril. Sábado 11 de abril de 2026. Media plaza.
Toros de Alcurrucén 🔵⚫: bien presentados. El primero muy reservado, noble y desrazado; encastado y enclasado el segundo; un tercero venido a menos; el cuarto humillador y pronto, le faltó algo de fuelle; el quinto descastado y sin poder; y un cierraplaza totalmente desrazado.
Pepe Moral (verde botella y azabache), ovación y vuelta al ruedo.
Lama de Góngora (caña y oro con los cabos negros), oreja tras aviso y silencio.
Fabio Jiménez (verde esperanza y oro), silencio tras aviso y silencio.
Escrito por Álvaro Cabello