Uno se encamina hacia la Real Maestranza con el ánimo encogido, casi con miedo. Tras tres festejos, el triunfalismo se ha erigido en el inquilino habitual de los tendidos. Un palco excesivamente benevolente no ha cesado de infligir disgustos al aficionado cabal, claudicando tarde tras tarde en esa defensa de la categoría que al coso del Baratillo quieren imponer. Si con apenas dos corridas el ambiente destila ya este aroma festivalero, las pesadillas se agolpan ante la llegada de los días de farolillos, cuando el personal desembarque con el rebujito nublando el juicio. No anticipemos tragedias, hablemos de hoy: una terna joven frente a un encierro desigual en el juego de los de Fuente Ymbro. Hubo toros de notable interés que, lamentablemente, se marcharon al desolladero sin haber sido verdaderamente toreados por el escaso oficio de los espadas. Muchos claman contra el hecho de que sean estos nombres quienes despachen tal corrida; sin embargo, cabe preguntarse: ¿qué figura está dispuesta a anunciarse con este hierro? Ya se lo digo yo: ninguna.
Bien decía el maestro Antoñete que el banquillo curte. Y vaya si lo hace. Lo demostró Álvaro Lorenzo frente al primero, un ejemplar escarbón y de una aspereza manifiesta que no cesó de soltar la cara con violencia. El toledano exhibió un asentamiento estoico, aguantando parones, miradas y tarascadas, sin ceder un ápice de terreno y pasándoselo por la faja con una proximidad estremecedora. Con un valor sereno y una firmeza granítica, fue encelando al astado en la muleta, firmando una labor de enorme mérito por su capacidad de mando y seguridad, alternando ambos pitones con solvencia. Los momentos de mayor calado llegaron al natural, trazados con temple y lógica en la línea recta. Las manoletinas de perfil, ejecutadas a la usanza del maestro Mondeño, pusieron el broche a una faena sensacional que, por desgracia, se empañó con un pinchazo y una estocada muy trasera. La calurosa ovación que recibió vale mil veces más que cualquiera de los apéndices de saldo otorgados en lo que va de abono —con la obligada venia de Morante, huelga decirlo—.
Resulta ininteligible la parsimonia de la presidencia al demorar el pañuelo verde hasta el tercer par de banderillas, cuando el inválido cuarto había claudicado ya de forma manifiesta. Luego el pañuelo para las orejas "pueblerinas" no les cuesta tanto sacarlo... En su lugar, pisó el albero maestrante un terciado e impresentable sobrero que lucía el hierro portugués de Murteira Grave. Un ejemplar que, si bien vino a suplir la falta de fuerzas del titular, nos brindó una desoladora simbiosis de escaso poder y nula raza que apenas ofreció opciones.
A Rafa Serna le pesó el escaso bagaje que arrastra. Esa falta de oficio se torna flagrante cuando te miden las fuerzas con el prenda que hizo de segundo. El encastado pupilo de Ricardo Gallardo exigía un mando y una autoridad que el sevillano no alcanzó a imponer. Serna, desubicado y presa de la desconfianza, anduvo a la deriva. Pasó, además, las de Caín con la tizona.
"Escogeperro" llevaría por nombre el toro de la feria hasta la fecha. Lo recibió Serna en la puerta de los miedos, por donde aparecieron dos alfileres por pitones escoltando a un auténtico tío. Dejó el sevillano lo más granado del festejo en lo que al toreo de capa se refiere: cuatro verónicas templadas selladas con una bonita media. Si bien el burel no se empleó en el peto, en la franela se vació por completo. Fue un toro encastado, exigente, pronto, humillador y de una fijeza ejemplar. Serna tardó un buen tiempo en encontrarle el pulso, logrando la única tanda verdaderamente maciza y reunida mediante derechazos de mano baja. Aquello era para muchísimo más. Eso sí, innegable fue su disposición y esfuerzo. No era empresa fácil estar a la altura de semejante animal, y el diestro se mostró meramente digno para su limitado rodaje. Tuvo sabor el epílogo por bajo, flexionado y torero. La estocada cayó muy trasera, pero eso ya no es óbice para pasear un trofeo. Una de esas que ya calificamos, con cierta amargura, como "orejas de Sevilla".
Predispuesto y decidido, marchó José Fernando Molina a recibir a porta gayola al precioso jabonero que hizo tercero: una pintura de toro. Tras un trámite discreto por el caballo, en cuanto Molina le exigió bajándole la mano, el animal se rajó y buscó el cobijo de las tablas. El de Albacete se mostró carente de ideas y errático en la elección de terrenos. Cobró una estocada muy contraria.
El cierraplaza lucía una seriedad imponente. Cuajado, con morrillo, fuerte y de generosa cornamenta. Se escucharon en los tendidos esos murmullos de asombro ante lo que debería ser el toro de Sevilla, claro que por estos lares ya es noticia ver un ejemplar de tales dimensiones. De hinojos en los medios inició Molina la labor, pasándoselo por la espalda. Sin embargo, en una línea insulsa, dejó escapar a un toro que atesoraba posibilidades: exigente pero pronto, con fijeza y un buen galope. Por el pitón derecho surgió algún muletazo de mayor temple, aunque el diestro abusó de toques bruscos. La faena se diluyó sin brillo alguno. Para colmo, la estocada resultó muy defectuosa tras pinchar en dos ocasiones.
LA RESEÑA
Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 3ª de abono, Feria de Abril. Domingo 12 de abril de 2026. Media plaza.
Toros de Fuente Ymbro 🟢 y Murteira Grave 🔵🟡 (4ºbis): de impecable presencia, serios y astifinos. El primero escarbón, muy áspero y soltando la cara; un segundo encastado y exigente; acabó rajándose el tercero; impresentable, descastado y sin poder el cuarto; un extraordinario quinto: humillador, pronto, con fijeza y encastadísimo; con movilidad y exigente el cierraplaza.
Álvaro Lorenzo (verde soraya y oro), ovación tras aviso y silencio.
Rafael Serna (blanco y plata), silencio tras aviso y oreja.
José Fernando Molina (verde oliva y oro), silencio y silencio tras aviso.
Escrito por Álvaro Cabello