Me van a perdonar el pesimismo con el que hilvano estas líneas, pero este catastrofismo no es impostado sino la cruda realidad. Sevilla se despeña por el abismo de la pérdida de identidad y lo hace con una celeridad alarmante. La novillada de Talavante, de una nobleza almibarada, propició un juego extraordinario; se sortearon dos lotes de Puerta del Príncipe. Sin embargo, la presencia del ganado resultó sencillamente infame. Aparecieron por chiqueros ejemplares con viso de erales, a años luz del trapío que el rigor de una plaza de primera —y más de la Maestranza— exige. Se citaba la trilogía de oro del escalafón menor y, aunque el nivel fue estimable, resultó insuficiente para prender la mecha ante tal manantial de posibilidades. La Puerta del Príncipe continúa con el cerrojo echado, cuando hoy, por derecho, el Guadalquivir debió asomarse a los tendidos a través de tan ilustre umbral.
Si Emiliano Osornio sortea los lotes de sus compañeros, lo llevan en volandas hasta Triana por palmas de bulerías. El mexicano ofreció una dimensión de torero grande con el lote de menos opciones. Enfundado en un precioso terno sangre de toro y azabache de regusto añejo, recibió al primero con verónicas de un desgarro soberano, mecidas con la cintura y un juego de muñecas sublime, abrochadas con una media de exquisita arquitectura. El de Talavante cantó pronto su escaso poder. Hubo variedad en quites: sensacional Tomás Bastos por tafalleras pausadísimas y una sublime media, eterna, de cartel de toros. No se arredró Osornio, replicando con la misma pureza capotera, esta vez por verónicas. En la muleta, el azteca anduvo inteligente, sin obligar en un torero inicio por alto del que brotó una preciosa trinchera. El novillo era todo nobleza, pero de fondo huérfano. Aun así, paladeamos una faena de un asentamiento y orden admirables, llevando la embestida entre algodones con un viso de toreo arrebujado. La falta de transmisión del burel impidió que el mensaje calara arriba. Tras dos pinchazos, dejó una estocada trasera y atravesada.
Lo más caro de la tarde llegaría en el cuarto. Osornio porfió con fe, buscando los aires a la movilidad mortecina de su oponente. Fue en el tercio donde surgió un puñado de seda: naturales armónicos, suaves, ofreciendo el pecho, haciendo fluir un toreo de pellizco y muchísimos quilates. ¡Qué dolor de lote! Si llega a caer en sus manos la embestida de uno de sus hermanos... Recogió palmas tras emborronar con los aceros.
Tomás Bastos saludó al segundo con verónicas de buen compás y una media a pies juntos. En banderillas, Fernando Sánchez dictó una lección de torería innata. El inicio de faena del lusitano tuvo un clasicismo irreprochable, con ayudados por alto y una trincherilla cosida de hermosura plástica. El novillo fue a más, rebosante de clase y humillación, pero aquel Bastos excelso de Villaseca no compareció hoy en Sevilla. Faltó la verticalidad elegante; se sucedieron tandas de derechazos templados pero huérfanos de acople y apuesta real. En cuanto el animal amagó con la rajada, la faena perdió el norte. Unos de pecho de pitón a rabo salvaron los muebles antes de una estocada perpendicular que despertó una petición tan leve como ridícula.
El quinto vino a refrendar el lote de ensueño que Bastos no supo descorchar: un utrero que embestía por bravura, clase y entrega. El portugués anduvo perdido en la medianía, sin acabar de cogerle el pulso, alargando el trasteo en busca de un trofeo que nació de muletazos estimables, pero sin la hondura que el animal merecía. La espada, de nuevo, trasera.
Sabor agridulce dejó Julio Norte cuando despachó al extraordinario tercero. Previamente, lo había lanceado a la verónica con las manos bajas, muy despacio. El novillo llegó a la muleta íntegro tras dos picotazos en varas, con una embestida suprema: humillada, pronta y repetidora. El salmantino ligó mucho, aunque con altibajos estéticos. Lo mejor, sin duda, fue la lección al natural: trazos largos, toreando con una lentitud primorosa y el compás abierto para dilatar el embroque. El público se rompió con justicia. Sin embargo, un bajonazo no fue impedimento para que paseara una oreja. Hoy día basta con que el acero entre a la primera; la colocación parece una reliquia del pasado. Qué decadencia.
El melocotón que cerró plaza fue una caja de sorpresas: manso de libro en los primeros tercios y un torbellino en la muleta. Era de lío. Norte comenzó con un inicio explosivo de hinojos. El manso rompió a embestir y con mando por la derecha, el salmantino lo ató por abajo en series largas y ligadas. También al natural hubo dominio absoluto. Cuando parecía que saldría de la plaza mirando al Guadalquivir, un pinchazo dejó el botín en un solo apéndice. Debió ser ninguno. La suerte suprema es el pilar del rito, y sin ella, el triunfo carece de legitimidad.
LA RESEÑA
Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 4ª de abono, Feria de Abril. Martes 14 de abril de 2026. Media plaza.
Novillos de Talavante 🟣: desiguales y mal presentados, sin el trapío y el cuajo que exige una plaza de primera categoría, con viso de erales. Noble sin fondo el primero; segundo noble y justo de raza; tercero bravo y enclasado; el cuarto descastado; un quinto de mucha calidad; y el sexto un manso que rompió en la muleta.
Emiliano Osornio (sangre de toro y azabache), silencio y palmas.
Tomás Bastos (blanco y plata), vuelta al ruedo tras aviso y oreja tras aviso.
Julio Norte (rosa y oro), oreja y oreja.
Notas: se desmonteraron Joaquín Oliveira y Fernando Sánchez tras parear al quinto.
Escrito por Álvaro Cabello