Qué extraordinaria ganadería es la de Santiago Domecq. Cuatro toros de seis resultaron sensacionales, un promedio que honra la casta. Acudíamos con ilusión a la Real Maestranza para presenciar uno de los carteles más redondos del ciclo. No le faltaba un detalle; una terna que combinaba la veteranía de una figura, un torero esperado por Sevilla y una joven promesa que hoy, por derecho propio, se ha hecho realidad. El festejo, que arrancó en todo lo alto, se fue empañando de hastío hasta que Aarón Palacio reventó el templo del Baratillo por naturales.
La tarde abrió con el toro de la corrida, un ejemplar de Santiago Domecq que propició un juego de brava entrega. Al terciado animal se le cuidó en el caballo; Perera firmó un vistoso quite por tafalleras convertidas en cordobinas para colocar al astado en el segundo puyazo. Replicó Galván por verónicas de vertical y bella expresión. Tras un excelente tercio de banderillas de Daniel Duarte, Perera inició su labor de hinojos en los medios, pasándose al toro por la espalda para hilvanar después profundos derechazos, al son Tejera arrancaba a sonar. El de Santiago Domecq era un torrente: pronto, fijo y de incansable movilidad. Sin embargo, el extremeño transitó por una línea mecanicista, ofreciendo un toreo impregnado de técnica, pero ayuno de alma, con una falta de acople notoria. La faena se despeñó cuando insistió al natural, pitón por el que el burel protestaba. La estocada baja, ya sabemos, no es impedimento hoy para pasear un trofeo; la plaza continúa a la deriva en un infame triunfalismo.
Acapachado y de armoniosas hechuras fue el cuarto, el toro que hizo decaer el ánimo tras las embestidas de sus hermanos. Un manojo de nervios en los primeros tercios que se desinfló en la muleta. Perera porfió en una labor soporífera ante un oponente desrazado. Cobró una estocada trasera.
David Galván regresaba al albero maestrante tras su gran tarde del pasado abril, haciendo justicia a una sabia rectificación de la empresa. El de San Fernando tardó en cogerle el aire al colorao que hizo de segundo, mostrándose algo desbordado y más empeñado en la compostura estética que en el toreo fundamental. Cuando logró acoplarse a la pronta y repetidora embestida, el toro ya se apagaba. No obstante, dejó una serie de naturales de muchísima reunión, quebrando la cintura y templando a placer. El epílogo tuvo un sabor añejo, con trincherillas de exquisita torería. Un estoconazo en lo alto le valió una oreja legítima.
Pero la frialdad se apoderó del coso a la muerte del quinto; la apatía dominaba a los presentes. Se picó de forma nefasta al noblote quinto, lo que condenó a Galván a pasar sin pena ni gloria ante una faena carente de materia prima. Porfió el diestro, pero un toro sin poder y descastado rompió cualquier posibilidad de triunfo. Mató de una estocada trasera.
El festejo era de cante gordo y el tercero no quiso quedarse atrás. Se esperaba con ansia el toreo de Aarón Palacio, pero el maño no terminó de encontrarse a gusto. Sobresalió un inicio de faena despacioso, con un cambio de mano colosal y un pase de pecho sensacional. En el resto, pecó de celeridad, sin imponer el mando necesario a un toro de vibrante movilidad. La gran ambición del joven espada nubló quizá su asentamiento. Dejó derechazos estimables, pero faltos de rotundidad. Estocada trasera y tendida.
Pero la verdad del toreo, esa que veníamos a buscar, estalló en el sexto. Cuando la tarde parecía languidecer, surgió la figura de Aarón para volver a rescatar el festejo. ¡Qué manera de torear! ¡Qué despacito! Los prolegómenos ya anunciaban el éxtasis: un inicio preñado de clase con ayudados por alto de rodillas, un molinete y un remate con la zurda eterno que, junto a un de pecho monumental, puso a la plaza en pie. Apabullante el empaque, el temple y el ajuste de esos naturales toreados a ralentí, reposando el toreo en los riñones. Con la diestra no le fue a la zaga en dos tandas cumbres. Todo fue un cúmulo de parsimonia, compostura y gusto excelso. El cónclave despertó de la modorra, enloqueciendo con el concepto del maño. El epílogo, por ayudados de mucha esencia y una trincherilla colosal, fue magistral. Una pena esa estocada baja que, como ya es norma en esta Sevilla, no fue óbice para pasear el apéndice.
LA RESEÑA
Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 5ª de abono, Feria de Abril. Miércoles 15 de abril de 2026. 1/3 de plaza.
Toros de Santiago Domecq 🔵⚪: en general justos de presencia, muchos terciados y por debajo de lo que exige esta plaza. El primero extraordinario, noble y bravo; un segundo noble y repetidor; el tercero con mucho ritmo; desrazado el cuarto; sin poder ni casta el quinto; y el sexto noble con opciones.
Miguel Ángel Perera (azul celeste y oro con los cabos negros), oreja y ovación.
David Galván (tabaco y oro), oreja y silencio.
Aarón Palacio (negro y oro), ovación y oreja.
Escrito por Álvaro Cabello