Hay tardes en las que el toreo deja de ser un ejercicio de valor para convertirse en una oración al pasado. Hay jornadas en las que la Real Maestranza no es una plaza de toros, sino un templo donde se oficia un rito que no pertenece a este siglo, ni quizá a este mundo. Dicen que el arte es aquello que sobrevive a la muerte, y hoy, bajo el cielo de una Sevilla que contenía el aliento, hemos visto a la inmortalidad pasearse vestida de oro, aguardando un milagro que solo habita en la mente de los elegidos. Hoy la lógica ha muerto en el Baratillo para que naciese una vez más la leyenda. Porque lo de Morante no se explica con la palabra, se siente con el alma desgarrada por un pellizco que viene de lo más hondo de nuestra historia. Ha sido el encuentro del hombre con su propio mito, el regreso a la estampa de los viejos maestros donde el toreo, es duende, misterio y una sobrenatural armonía. Alégrense, lloren si es preciso, y den gracias a Dios: porque cuando vuestros nietos os pregunten qué es el toreo, podréis decir, con la voz quebrada por el orgullo, que vosotros estuvisteis allí. Vosotros fuisteis coetáneos a don José Antonio Morante Camacho.
En el cuarto toro acabaría la Feria de Abril sin haber rozado siquiera su ecuador. Salió un astado feo, huérfano de cuajo y trapío, una nada fisiológica. Y allí estaba Morante de la Puebla, aguardando en las tablas como quien espera una cita con el destino. ¿Recuerdan aquel uno de mayo del pasado año? Pues la misma fragancia. Soltó el capote con un abandono casi místico, cosiendo largas a una mano que incendiaron los tendidos. Aquellos lances fueron latidos; después, verónicas sublimes que transformaron la plaza en un manicomio de piedras temblorosas. La media y la serpentina elevaron al público a otra dimensión. Como si fuese un heraldo de otros tiempos, José Antonio se encamino armonioso para colocar al toro, fijándolo con una larga cordobesa de una sobriedad insultante. Al segundo encuentro, brotaron tijerillas a la inversa de un garbo colosal. Sevilla se hundía. Pero el surrealismo no había hecho más que empezar: ¡Morante pidió los palos! Y los tomó con la majestad de un rey. Dos pares de una pureza absoluta, exponiendo el pecho y la vida, dictando una lección de tauromaquia antigua. Y entonces, cuando las lágrimas ya asomaban, pidió una silla al palco de ganaderos. La estampa, decimonónica, cual sueño de Antonio Carmona “el gordito” en pleno siglo XXI: se sentó, puso el par y el mundo se detuvo. Ahí quedó la silla, testigo mudo, y el genio volvió a su regazo para iniciar la faena con ayudados por alto eminentes. Se puso en pie y el cambio de mano dejó ronca a la ciudad. Hasta el Giraldillo lloraba. La faena fue exquisita, aprovechando la movilidad de un burel noble para bordar el toreo con letras de oro. Cada tanda era más lenta que la anterior, un desafío a las leyes de la física. Se olvidó del cuerpo, como decía Belmonte, y toreó con el alma. Fue inenarrable. El pinchazo dolió en el centro del alma, seguido de una media estocada en buen sitio. Si la espada entra, corta su segundo rabo en dos años. Pero, ¿qué importan los despojos? Dos vueltas al ruedo de locura demencial. Dada la muerte al sexto, con la Maestranza convertida en una aldea rociera un Lunes de Pentecostés, nuestro Sumo Pontífice, fue llevado a hombros. La autoridad, en un rasgo de ceguera, negó la Puerta del Príncipe, pero el pueblo ya la había abierto en su corazón. Fue por la principal, a sones de bulerías y con la sinfonía de nuestras vidas: ¡José Antonio, Morante de la Puebla!
Antes de la epifanía, todo esto había ocurrido:
El primero de la tarde, un ejemplar de Álvaro Núñez de vergonzosa presencia y nula raza, apenas permitió al cigarrero dibujar algún natural de seda antes de abreviar.
Juan Ortega salió con una disposición inédita, encaminándose para sorpresa de todos a la puerta de los miedos, donde ejecutó una larga cambiada de rodillas que rozó la cogida. Enfundado en un estreno de oro viejo y oro, lanceó verónicas infinitas, roto por la cintura, firmadas con una media de cartel. Tras el ceñidísimo quite por gaoneras de Víctor Hernández —a hombros del estilo de José Tomás—, Ortega inició su labor con una belleza cadenciosa, de trincheras genuflexas. No necesitó más que una tanda para enloquecer al cónclave. No se puede torear más despacio. Embebió la encelada embestida en derechazos templadísimos, llenos de empaque. Lástima que el pitón izquierdo le avisara con violencia y la espada se fuera a los sótanos. Un bajonazo que empañó la obra.
Tras el delirio de Morante en el cuarto, salir al quinto fue un calvario; además, sin materia prima, Ortega solo pudo dejar destellos de buen gusto en un inicio por ayudados antes de otra estocada baja.
El tercero, de bonitas hechuras, pero muy terciado, permitió a Víctor Hernández confirmar que venía a por todas con un recibo por caleserinas espectacular. La lidia en banderillas resultó magnífica tanto en la brega como con los palos, desembocando en un cuasi encierro corrido por Marcos Prieto llevándose al toro de una punta de la plaza a otra. Hernández asentó su labor en el hieratismo de unos estatuarios de piedra en los prolegómenos. Los derechazos fueron largos, de trazo exquisito, pero fue al natural donde Sevilla se partió en dos. Todo era pureza y verdad: el pecho por delante, las zapatillas firmes, citando con la muleta retrasada hacia adelante para hilvanar naturales solemnes. Solo la falta de fuerzas del antagonista impidió una rotundidad mayor. Una tanda de frente, de categoría suprema, ya sin poder ligar, precedió a una estocada desprendida que le valió una oreja.
Muy dispuesto con el mermado sexto. El personal ya estaba pensando en que querían sacar a Morante por la Puerta del Príncipe. Brindó el de Guadalajara al genio y volvió a mostrar el trazo sensacional que posee.
LA RESEÑA
Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 6ª de abono, Feria de Abril. Jueves 16 de abril de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de Álvaro Núñez 🟢⚪: desiguales de presencia y juego. La mayoría terciados y sin trapío. El primero sin poder y desrazado; un segundo con movilidad y cierta clase; el tercero muy noble pero sin fuerzas; un cuarto con cierta movilidad pero escaso fondo; quinto y sexto descastados.
Morante de la Puebla (rioja y oro), silencio y dos vueltas al ruedo.
Juan Ortega (oro viejo y oro), ovación y silencio.
Víctor Hernández (grana y oro), oreja tras aviso y silencio.
Notas: se desmontera Marcos Prieto tras parear al sexto.
Escrito por Álvaro Cabello