Aún con la resaca de la antología morantista que nos elevó ayer al cielo, hoy nos hemos estrellado de bruces contra el muro de la mansedumbre. En realidad, el impacto ha sido múltiple: contra el descastamiento, contra el petardo ganadero y contra la infame presencia de unos astados que avergonzaron el prestigio de esta plaza. En medio de este naufragio, el capote de Aguado.
Talavante transitó por el albero sin pena ni gloria, en un estado de desconexión ya habitual en él. Sorteó un primero manso, un animal que solo buscaba la huida, y se empeñó en un trasteo insulso, pesado y sin alma. Mató de estocada caída.
Solo de pensar que el extremeño vuelve a anunciarse el martes, el aficionado se estremece. En ese toreo superficial y apático, sin voluntad de triunfo, anduvo frente al cuarto, otro ejemplar sin poder y entregado de antemano. Una imagen de absoluta desidia.
Si lo de Talavante es el extravío de un torero, bueno. Pero lo de Roca Rey es una señal de alarma para el sistema. El peruano, que supuestamente ejerce de "mandamás" del escalafón, ofrece cada día un nivel más bajo. Su desprecio por la lidia es total; parece que el rito no fuera con él. Entre tanto desorden, surgió un quite de Pablo Aguado que puso orden al caos con cuatro verónicas y una media de escándalo, recordando dónde reside la esencia. Roca solo pudo extraer una tanda ceñida al inicio antes de que el de Domingo Hernández se apagara definitivamente.
El único toro con opciones de la corrida se le fue al peruano entre las manos. Hubo un inicio prometedor y dos tandas estimables, pero todo se fue al garete entre indecisiones y rumbos incorrectos. Roca Rey fue incapaz de cuajar al noble burel, siempre con la figura encorvada, en una plena antiestética, aunque porfiando por abajo. Fue una faena larga, de altibajos y nulo acople, rematada con una buena estocada que le valió una oreja de generosidad supina.
El contrapunto de pureza lo puso Pablo Aguado. Su respuesta al insípido quite de Talavante fue un tratado de garbo y torería. Las chicuelinas brotaron con la fragancia del artista. Una fue de un temple exquisito, pero la última, fue un portento de estética y naturalidad. Aguado mordía con la ambición del que se sabe llamado a cosas grandes. Lamentablemente, la mansedumbre del toro negro buscó los terrenos de sol en toriles, enterrando allí cualquier esperanza de triunfo rotundo. Pablo, quizá contagiado por la densa tarde, se excedió en un metraje que su concepto no necesitaba.
El sexto fue el cierre de un petardo ganadero monumental de Domingo Hernández. Un animal sin entrega, de aire deslucido y casta nula. Aguado, sin embargo, tiró de una casta que al toro le faltaba. Se plantó con una actitud encomiable, sufriendo incluso un percance del que salió milagrosamente ileso tras quedar suspendido de los pitones. Lejos de arredrarse, el sevillano dio el paso adelante con una seriedad impactante, derrochando querer sin renunciar jamás a la elegancia. Una tarde de peso que concluyó con una vuelta al ruedo de ley tras sonar dos avisos, dejando claro que, aun en el desierto, la esencia siempre encuentra su camino.
LA RESEÑA
Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 7ª de abono, Feria de Abril. Viernes 17 de abril de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de Domingo Hernández 🔵🔴🟢: deleznable la presencia. Chicos, sin ningún trapío.
Alejandro Talavante (malva y oro), silencio en ambos.
Roca Rey (sangre de toro y oro), silencio y oreja.
Pablo Aguado (rosa maquillaje y oro), silencio y vuelta al ruedo tras viso.
Notas: se desmonteró Iván García tras parear al tercero.
Escrito por Álvaro Cabello