La tarde nacía herida de esperanza, con la ilusión suspendida en la Real Maestranza. Veníamos tras la huella de una antología, con el alma todavía vibrando por el eco de aquel jueves donde el genio detuvo el tiempo. Había quien, con el cinismo propio de quien teme la belleza, auguraba el vacío; pero el destino, ese soberano impredecible, tenía guardado un guion escrito con sangre y luz. Me decía un amigo, mientras el frío del susto nos recorría el espinazo, que el toreo no es más que un suspiro que camina sobre la cuerda floja: un solo instante y la gloria se transmuta en tragedia, sin escalas, sin clemencia. Hoy la moneda no cayó; la moneda decidió revelarnos su cara más amarga, recordándonos que en este rito no se finge, porque la verdad se paga con el cuerpo. Es la paradoja sagrada del albero: esa catarsis donde el dolor y el triunfo beben del mismo cáliz. Porque justo en ese instante de quiebre, cuando el maestro se entregaba al abismo de la cogida, el destino —siempre dual, siempre eterno— permitía que Borja emergiera. Así es este arte: una coreografía de verdades imprevistas donde, para que uno roce el cielo, otro debe, a veces, besar el polvo del drama.
Morante de la Puebla quiso esbozar la verónica y acabó recetando un puñado de chicuelinas venidas del séptimo cielo. Maravillosas, con los pies juntos y sin forzar la figura, de una elegancia soberbia sin ser esas tan arrebujadas a las que nos acostumbra; para luego firmarlas con una larga de estampa añeja hacia arriba, mirando a la gloria. Su quite a la verónica fue un tratado de estética: el pecho volcado, la barbilla cosida al corbatín y los brazos flotando con esa naturalidad que sólo tienen los elegidos. Todo ello trasmutó en gaoneras de pureza excelsa; gaoneras que, mientras el resto del escalafón solo mueve el polvo al ejecutarlas, Morante las eleva a los altares. Muleta en mano, instrumentó un torerísimo comienzo por bajo. Llegaron una sucesión de derechazos de tempo despacio, muy despacio. La pastueña embestida del de Garcigrande carecía quizá de fuelle, lo que hizo que la pausa del maestro fuera aún más sonora. Al natural, si se los pasa más cerca, lo encierran. Ceñidísimos, plenos de exquisitez. Mató como se tienen que matar los toros, dando cátedra de la suerte suprema con la taleguilla rota como testigo del compromiso. Cortó una oreja, pero es que con este genio ya dan igual los despojos; lo que cuenta es el milagro.
Pero la gloria se truncó. El cuarto no quiso hacer caso a los engaños y, antes de que pudiera pararlo, se llevó a Morante por delante dejándole una cornada en el recto. Fría y enmudecida se quedó la plaza al ver la cara lacerante del maestro camino de la enfermería. Le deseamos, de corazón, una pronta recuperación. Fue ahí, entre la emoción y la tragedia, cuando Borja Jiménez surgió con un gesto preciado y torero, caminando hasta la enfermería para dejar allí su montera. No era fácil levantar los ánimos tras la caída del mesías, pero Borja esquivó esa máxima. Se echó de hinojos para romper Sevilla toreando en redondo, con derechazos de una profundidad asombrosa. Repetía el de Matilla y el de Espartinas subió el sometimiento sin perder la compostura, ligando series rotundas con la diestra. La mano de los billetes la llevó hasta los confines de la tierra en naturales larguísimos y de bella expresión. La plaza estaba conmovida, pero ahí apareció el fantasma de la tizona. Otra vez se le cierra la Puerta del Príncipe con la espada. Hay que poner solución urgente a esto, porque Sevilla era suya.
Antes, Borja ya había lidiado al feo segundo. El comienzo de faena fue sensacional, con unas trincheras colosales. Como un palo, en plena verticalidad y sin perder un ápice de compostura, hilvanó derechazos templadísimos. Al natural no fue menos: todo con un gusto precioso y un son despacioso. Pero, de nuevo, el acero trasero y desprendido le privó de un triunfo mayor, quedando la cosa en una oreja.
En sexto lugar salió el que debió ser quinto, el toro más serio y cuajado de la tarde. Borja se marchó a porta gayola rebosante de disposición. Con todo el pundonor del mundo, recetó una larga cambiada perfecta y verónicas de rodillas que hicieron de la plaza un clamor mientras Tejera arrancaba a sonar. Se fue al centro del ruedo para dejar pases del péndulo; con el primero nos recorría un escalofrío por el cuerpo, estremecedor, a punto de ser atropellado. El oponente era áspero y sin entrega, pero la verdad de Borja prevalecía sobre cualquier dificultad, dejando muletazos estimables. Otra vez la espada, tendida y trasera, enfrió el final. Hizo bien Fernández Rey en no conceder la segunda oreja tras esa colocación.
El terciadito tercero claudicó por su invalidez a la mínima exigencia de Tomás Rufo. En lo que pudo, el toledano me gustó más que otras veces, sobresaliendo unos naturales a ralentí extraordinarios.
El quinto tuvo que darse media vuelta nada más salir, pues se partió un pitón. Al sobrero colorao, Fernando Sánchez dejó el mejor par de lo que va de feria: asomándose al balcón y dejándoselo llegar una enormidad. Apabullante. Rufo porfió, pero aquello no tomó vuelo por la falta de entrega de su rival.
LA RESEÑA
Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 10ª de abono, Feria de Abril. Lunes 20 de abril de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de Hnos. García Jiménez 🟣🔵: excepto el sexto, impresentables.
Morante de la Puebla (azul rey y oro), oreja y herido.
Borja Jiménez (nazareno y oro), oreja, vuelta al ruedo en el que mató por Morante y oreja.
Tomás Rufo (azul marino y oro), silencio en ambos.
Notas: saludó Morante una calurosa ovación al finalizar el paseíllo. Morante resultó cogido en el comienzo de lidia del cuarto.
Escrito por Álvaro Cabello