Hay tardes en las que el tiempo se detiene en el anillo maestrante para dejar paso a la épica, y la de hoy ha sido, por derecho propio, una de ellas. Bajo el cielo de una Sevilla entregada, se obró el milagro de la bravura indómita y el valor sereno. No fue solo un festejo más; fue la confirmación de que un tal David de Miranda tiene que ser figura, que, con una verticalidad de estatua y un corazón de león, terminó derribando el último cerrojo del toreo: la Puerta del Príncipe. Sin embargo, el triunfo del onubense no habría alcanzado tal cota de excelencia sin el cómplice necesario que habitó en los chiqueros. La divisa de El Parralejo trajo a la Maestranza un encierro de bandera, una oda a la casta y a la estampa del toro bravo. Fueron seis ejemplares de una presencia imponente, pero, sobre todo, poseedores de esa bravura exigente que permiten al toreo que además de estética, ser épica.
Diego Urdiales firmó hoy lo más puro de la tarde y, duele decirlo, Sevilla no se enteró. Abrió plaza "Chismoso", un ejemplar rebosante de casta que cumplió con bravura en el caballo. El riojano, que por momentos pareció verse algo desbordado por la temperamental embestida del burel, acabó imponiendo el clasicismo más purista para someter la embestida en muletazos de una belleza arquitectónica. Fue al natural donde brotó más pausa, la lentitud del que torea con el poso de los años. Una actuación meritoria y digna que el tendido, a otra cosa, dejó pasar. La espada hizo guardia y el verduguillo empañó el balance.
Pero lo sangrante fue el cuarto. Un precioso astado ante el que Urdiales desplegó una suavidad exquisita. Hubo derechazos de corte artístico y pases de pecho con el sello del mejor barroco. Pese a algún enganchón aislado, los naturales tuvieron una expresión preciosa: el mentón hundido y el alma entregada. Los trincherazos finales fueron auténticos carteles de toros. Se tiró a matar con la verdad por delante, atracándose de toro y dejando una estocada contraria, pero Sevilla estuvo ciega. Tras los trofeos de ínfimo peso que se han visto en esta feria, negarle la oreja de ley a esta faena de Urdiales es un pecado contra el arte.
Emilio de Justo no tuvo su tarde frente a un lote que fue la cruz de la excelente corrida de El Parralejo. El segundo peleó con bravura en el peto y propició un duelo de quites para el recuerdo: sublimes las chicuelinas de mano baja del de Torrejoncillo, barriendo la arena, a las que replicó David de Miranda por gaoneras ceñidísimas, con la "pata palante" y de más emoción que limpieza. Tras dos pares apabullantes de Antonio Chacón, Emilio, enfundado en un tabaco y oro soberbio, inició con trincheras colosales. Sin embargo, la obra se desdibujó. Hubo una primera tanda de mando, pero el resto fue un desacople constante que terminó por apagar la llama cuando el toro aún parecía tener mecha. Con el quinto, reservón y desclasado, poco pudo hacer más que intentarlo sin materia prima.
Y entonces llegó "Secretario". Número 27. Guarden ese nombre porque es, desde hoy, el toro de la feria. Un ejemplar que ya anunció su bravura derribando en el caballo y que rompió a embestir con una casta y profundidad sobrecogedoras. Allí lo esperó David de Miranda, que inició la historia grande con doblones de mucha autoridad. El onubense no se amedrentó ante la embestida vibrante del de El Parralejo y cuajó al toro por ambos pitones en series plenas de mando, limpieza y ligazón. Al natural, el temple fue hipnótico, desplazando al toro largo, muy despacito, en un trazo sublime. El epílogo, a pies juntos con el cartucho del pescado, fue el broche de oro a una obra rotunda. Sevilla se volvió un manicomio. Estoconazo de ley, dos orejas incontestables y una merecidísima vuelta al ruedo al toro.
No bajó la guardia ante el burraco que cerró plaza, un animal serio que careció de la infinita entrega de su hermano. De Miranda citó inalterable para recetar cinco estatuarios y uno de la firma que pusieron la plaza en pie. Fue metiendo al toro en el canasto con tandas poderosas, exponiendo una enormidad en unas mondeñinas finales donde no pudo pasarse al animal más cerca. La presidenta Macarena hizo justicia concediendo la oreja y negando la segunda, un trofeo que le haría ver al onubense la torre de Santa Ana, tras salir a hombros por la puerta más bonita del mundo.
LA RESEÑA
Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 12ª de abono, Feria de Abril. Miércoles 22 de abril de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de El Parralejo 🟡🟢: de excelente presencia. Serios y con trapío. El primero bravo y encastado; un segundo también bravo, pero venido a menos; el tercero de bandera, bravísimo, encastado, con clase y poder; un cuarto noble y bravo; el quinto deslucido; y con fijeza, pero poca calidad el sexto.
Diego Urdiales (nazareno y oro), silencio y ovación tras aviso.
Emilio de Justo (tabaco y oro), ovación y silencio,
David de Miranda (negro y oro), dos orejas y oreja.
Notas: se desmonteraron Antonio Chacón y Pérez Valcarce tras parear al segundo. Se le dio una merecidísima vuelta al ruedo a “Secretario” Nº27, tercero de la tarde.
Escrito por Álvaro Cabello