Si existe una jornada de gozo y regocijo para quienes profesamos la fe cristiana, esa es el Domingo de Resurrección. Si a tal condición se añade la de aficionado a los toros, la carga emocional es doble; y si, además, la fecha supone el reencuentro con Morante de la Puebla, la expectación vira hacia el delirio. Aún permanecían selladas las puertas de Santa Marina, bajo cuyo dintel se había recogido ya el palio que pone colofón a la Pasión —el de la Virgen de la Aurora—, cuando, ya sin cofradías en la calle, encaminé mis pasos hacia la Real Maestranza de Caballería. Transité por calles cuyo pavimento aún conservaba la cera, reflejo especular del reciente tránsito de las hermandades. El día era de postín: un sol radiante, el rito inaugural de la temporada hispalense y el retorno del genio. La comparecencia en la plaza de Su Majestad el Rey Emérito Don Juan Carlos concitó la primera ovación, acaso protocolaria, pues la que brotó de las entrañas fue la dirigida al genio al concluir el paseíllo. Nos aguardaba una tarde de acusados claroscuros emocionales, fruto de un encierro desigual de Garcigrande y un palco excesivamente propenso a la concesión de despojos.
Nos estrellamos de salida contra el colorado primero, un animal que embistió al capote de Morante echando las manos por delante y reduciendo sobremanera su recorrido. No es que el burel anduviera sobrado de fuerzas; es que carecía de ellas. Germán González no escatimó en el castigo durante el tercio de varas ante el consentimiento del diestro. El respetable intuía que el trasteo no habría de dilatarse, y así se cumplió: el animal claudicaba y, pese a su noble condición, no había forma. Apenas unos destellos de exquisita torería y al arrastre.
Con el cuarto, Morante dictó la lección magistral del porqué de su regreso y todos volvimos a comprender el axioma de que el de La Puebla “hace falta”. Se antoja difícil concebir la existencia sin un recibo de capa como el que ejecutó el maestro: verónicas de un barroquismo exacerbado, preñadas de temple y a compás de la franca embestida del astado. Entre ellas, aguantó un parón del toro que pareció un fotograma estático —ni un milímetro se movió— para después clausurar el recibo con una media verónica sublime. Tras el mero trámite de la suerte de varas, Morante sacó al noble ejemplar andándole con una torería tan inmensa como añeja, a base de trincheras que enfervorizaron al cónclave. Con la diestra, el toreo alcanzó una hondura inalcanzable; en un ajuste ceñidísimo, brotaron muletazos excelsos. Tremendo. Confirmó en tres tandas que su ausencia no había mermado su esencia. No obstante, el toro llegó muy aplomado cuando quiso instrumentar el natural y el lucimiento se tornó imposible. La estocada, en todo lo alto y ejecutada con absoluta ortodoxia, propició la concesión de dos orejas excesivas. Una era de ley; la segunda, un regalo. Señor presidente: no olvide usted en qué palco se sienta.
Roca Rey sorteó un lote que pedía mucho más de lo que el peruano ofreció. Al segundo de la tarde lo templó con excelencia con el percal. Protagonizó junto a David de Miranda un duelo de quites en el que el onubense cinceló saltilleras en los confines del hieratismo, a las que el peruano replicó por chicuelinas. Con la franela, la labor de Roca fue en clara línea descendente. De hinojos en el tercio, inició su quehacer con pases cambiados por la espalda. Se enfrentaba a un ejemplar que se desplazó y repitió con celo. Lo entendió en dos series de derechazos prolijos, de mano baja y gran mando. A partir de ahí, la insulsez se adueñó de la escena. Careció de clarividencia y la faena se desdibujó cuando el animal agotó su acometividad. Cobró una estocada tras un pinchazo.
Lo más doloroso fue lo ocurrido en el quinto, un colorado de embestida enclasada que se comía el suelo de tanto humillar. Era el toro de la corrida, pero Andrés confirmó que hoy no estaba. Su labor fue un quiero y no puedo, con muletazos a destiempo y más voluntad que criterio. Para colmo, el palco le concedió una oreja generosísima de la que nadie se acordará mañana. Un triunfalismo que toca lo infame.
David de Miranda se estrelló contra un lote huérfano de fortuna. El tercero fue un animal inquieto, no por codicia, sino por todo lo contrario: un manso que solo buscaba la huida. Por más que el de Huelva porfió, aquello carecía de un solo pase. Media estocada caída y al desolladero.
Gabriel Fernández Rey asomó el pañuelo verde cuando el sexto se partió un pitón. Emergió “Chumbo” como sobrero y De Miranda le arrancó una oreja. Otro apéndice barato, ganado en la jurisdicción de los pitones a base de una entrega incuestionable, pero que no es de trofeo. A ello hubo que sumar que, en el inicio por estatuarios, fue arrollado pavorosamente. Ya sabemos que, en los tiempos que corren, la cogida se canjea por oreja.
LA RESEÑA
Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 1ª de abono, Domingo de Resurrección. Domingo 5 de abril de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de Garcigrande ⚪🔴: bien presentados y desiguales en juego. De nula fuerza el primero; un segundo noble y justo de raza; el tercero manso y descastado; el cuarto enclasado, pero sin fondo; un quinto enclasado y humillador; y descastado el cierraplaza.
Morante de la Puebla (negro e hilo gris), silencio y dos orejas.
Roca Rey (berenjena y oro), ovación y oreja.
David de Miranda (azul celeste y oro), silencio y oreja.
Notas: Se interpretaron los acordes del Himno Nacional antes de comenzar el paseíllo. Se guardó un minuto de silencio al finalizar el paseíllo en memoria de las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz, y de los maestros Rafael de Paula y Álvaro Domecq, así como del diestro Rafael Ortiz. Además, Morante saludó una calurosa ovación.
Escrito por Álvaro Cabello