La Fiesta de los Toros lleva demasiadas décadas transitando por el estrecho pasillo de la monotonía, acostumbrándose peligrosamente a tardes en las que la emoción parece haberse convertido en un bien escaso. Y entonces llegan días como el de hoy en La Malagueta, tardes que no conceden tregua ni respiro, que mantienen al aficionado con los cinco sentidos puestos en el ruedo y que consiguen algo todavía más difícil: hacerle olvidar de ese poso de pesimismo que a veces se instala alrededor de la Fiesta. ¿Y todo gracias a quién? Al toro. Al rey. Cómo cambia el cuento cuando la integridad y la casta hacen acto de presencia sobre el albero. Doce años —la friolera de doce años— llevaba la divisa de Victorino Martín sin asomar por Málaga. Hoy ha vuelto para regalarnos una de las mejores y más completas corridas que vamos a presenciar en toda la temporada. Apoteósica. Doce años que hoy han quedado borrados de golpe con una corrida extraordinaria, de esas que dejan memoria y que uno agradece haber presenciado. Una corrida de toros y toreros, de entrega y honestidad, de dureza y épica, de emoción y belleza. Una corrida, en definitiva, que nos ha recordado por qué esto sigue siendo grande. Postdata: ¡Viva Victorino Martín!
En la alborada de la tarde iba a ocurrir algo insólito. Yo no tengo noticia de que esto haya ocurrido nunca. El caso es que el primero de la tarde era un conglomerado de mansedumbre y mala leche, con una navaja sobre el peligrosísimo pitón derecho. Manuel Escribano estuvo hecho un tío con él, derrochando oficio y una madurez de apabullante mérito. El burel solo se tragaba los pases por el izquierdo, y allí se puso el de Gerena para zamparle naturales de plena honestidad, de uno en uno, atornillado en la arena, limpiando los muletazos y llevándolos muy largos con suavidad. Tragó un potosí. Cuando intentó la sobada por el derecho, el astado se le quedaba en los tobillos y en uno de esos parones reservones cumplió lo que venía buscando: la que luego sería una cornada de quince centímetros en la tibia. Lejos de amedrentarse, lo mató de una estocada ligeramente desprendida.
Lo insólito viene cuando Escribano pidió que se corriera turno para lidiar acto seguido su segundo -cuarto de la tarde- consciente de la grave herida que llevaba. Honor y gloria a los toreros. Solo esto locos maravillosos son capaces de hacer esto. Hay algo de demencia y mucho de grandeza en esa decisión. Con la pierna chorreando sangre volvió al ruedo para enfrentarse a otro toro encastado y poderoso, que además había cumplido en varas. Se dobló con poderío en un inicio exigente, sometiéndolo por bajo mientras el animal humillaba. La merma física se hizo notar, pero aun así dejó derechazos mandones, largos, aprovechando que el toro todavía colocaba bien la cara. Conforme avanzaba la faena, cuanto más le exigía, más se revolvía el astado buscando los adentros. Escribano decidió entonces abreviar y mató con una espada certera. Cortó una oreja de ley.
Seguidamente la tarde quedaría en manos de Emilio de Justo y Fortes. El extremeño, quien parecía que estaba en declive, regaló hoy un halo de esperanza deslumbrante. De Justo ha estado tremendo toda la tarde. El tercero de la función -segundo en orden de lidia- rebosaba de casta y temperamento. Mira que le pegaron en varas, pero ni por esas pudieron aminorar su pujanza. De Justo construyó una faena de enorme mérito, algo intermitente, es cierto, pero es que era dificilísimo meter en canasta a semejante torrente de bravura. Aunque no llegó a gobernar del todo la acometida, brotaron unos naturales sensacionales, embebiendo y alargando una embestida nada fácil, imponiendo ritmo y medida a un animal exigente. Fue soberbio el esfuerzo. Mató de una estocada trasera que precisó de un golpe de descabello. Para quien firma estas líneas, aquello era de oreja. El presidente no lo vio así. Dudoso criterio el de este palco. Hubo de conformarse con una importante vuelta al ruedo.
El quinto volvió a sacarle el aire a base de bravura sin concesiones. Otro toro de enorme intensidad que obligaba a redoblar la exigencia. Casi toda la faena transcurrió sobre la diestra, en derechazos profundos y muy largos, tratando de gobernar una embestida que siempre parecía querer imponerse. Por el izquierdo no quiso nada. Por eso el epílogo y cénit llegó al natural sobre la diestra, donde llevó la emoción hasta los tendidos. Es verdad que volvió a mandar más el toro que el torero, pero también lo es que hubo que tener mucho dentro para sostener semejante exigencia. Estocada y dos orejas. La primera, justa. La segunda, excesiva.
Ese toro humillador, de suma clase, recorrido y repetición; el de la excelencia en resumidas cuentas que siempre echa el hierro de la A coronada, en este caso se llamaba “Borracho” y cayó en suerte del torero de la tierra. Fortes se olvidó de buscar el triunfo como ayer y se serenó en el Fortes que a todos nos pone de acuerdo, para deletrear el toreo y enseñarnos como cuajar un toro. Porque cuando este torero se asienta sucede un toreo excelso. Brota con naturalidad, reunido, suave y templado, sin una brusquedad, sin un movimiento que sobre. Todo en su sitio. Todo a su tiempo. Con la derecha lo bordó en hondura y templanza, ahondando en un toreo de mucho empaque y gusto. No quiso violentar aquella embestida, sino dejarla ser, llevarla hasta donde el toro podía llegar. Y al natural volvió a aparecer la misma armonía, echando los vuelos con cadencia y vaciando detrás de la cadera aquella brava y enclasada embestida. Hubo momentos en los que el toreo pareció suceder sin esfuerzo, como si toro y torero hubieran encontrado una misma respiración. Eso es lo que ocurre cuando Fortes se asienta, que deja de perseguir el triunfo y empieza a perseguir el toreo. Un espadazo en dos tiempos, algo perpendicular, puso en sus manos las dos orejas. Y esta vez sí, dos orejones de ley. “Borracho” recibió también el reconocimiento que merecía con una vuelta al ruedo.
El lunar de la corrida fue el cierraplaza. Ya tenía al público en contra sin llegar a saber yo todavía que protestaban desde que el animal asomó por chiqueros. Entiendo que tan bárbara era la humillación que pensaban que estaba mermado de fuerzas. No lo vi yo así. En la muleta se troncó muy reservón y áspero. Por más que Fortes lo intentó, allí no había manera. Estocada trasera y atravesada para poner punto y final a una tarde cumbre.
LA RESEÑA
Plaza de Toros de La Malagueta, Málaga. 9ª de abono de la Feria Taurina. Viernes 21 de agosto de 2026. Casi lleno.
Toros de Victorino Martín 🔵🔴: de excelente presencia. Corrida pareja, seria y astifina. En líneas generales, bravos y encastados, con diverso juego, pero de muchísimo interés. Muy exigente y peligroso el primero; encastado y humillador el segundo; un tercero encastadísimo y exigente; el cuarto fue de bandera por noble y suma clase; más casta que clase la del quinto; áspero y codicioso el sexto.
Manuel Escribano (negro y oro), ovación y oreja.
Emilio de Justo (blanco y azabache), vuelta al ruedo tras petición y dos orejas tras aviso.
Fortes (purísima y oro), dos orejas y silencio.
Notas: se le dio la vuelta al ruedo a “Borracho”, nº53, lidiado en cuarto lugar.
Antonio Chacón y José María Valcarce saludaron tras banderillear al quinto.
Escrito por Álvaro Cabello de la Haba