Decía José Bergamín que «el toreo es un doble ejercicio físico metafísico de integración espiritual en el que se valora el significado de lo humano heroicamente o puramente: en cuerpo y alma, aparentemente inmortal». Difícil encontrar una cita que encierre con mayor precisión lo sucedido esta tarde en Málaga. Porque Morante tiene una edad. Porque acumula una ingente cantidad de festejos a sus espaldas. Porque son ya treinta años de alternativa y demasiadas batallas libradas delante de los toros. Lo de hoy en La Malagueta, sin embargo, trasciende cualquier consideración física. Entra entonces la metafísica. A Morante van ahora todos a verlo. El problema es que no todos saben verlo. Han sido dos tardes en Málaga de magisterio incomprendido, de una tauromaquia que exige del espectador algo más que la simple contemplación de una faena y el recuento posterior de sus trofeos. Hay que saber mirar. Hay que entender el esfuerzo sobrehumano que supone hacer lo que hace Morante en el estado en que lo hace. Hay que comprender que detrás de cada lance, de cada natural, de cada instante de abandono, existe también un cuerpo. El de José Antonio. Y, sin embargo, ahí sigue. Por eso quizá la poesía, como decía Juan Ramón Jiménez, sea para una inmensa minoría.
Tengo una angustia constante cada vez que Morante se pone delante de un toro. Una especie de presentimiento que se instala en el pecho porque uno sabe que, en cualquier momento, puede suceder la tragedia. Pasadas las ocho y media de la tarde, la cogida parecía escrita. Se vislumbraba en cada mayúsculo natural que Morante dibujaba al cuarto. Aunque conviene retroceder. Lo había recibido con un ramillete de verónicas lentas, meciendo la capa con una suavidad que parecía detener el tiempo. No todas tuvieron la misma dimensión, pero algunas fueron de una belleza extraordinaria. Después llevó al de Garcigrande al caballo en un arrebatador y garboso galleo por chicuelinas. Llegó después la muleta. El toro reponía por el izquierdo, andandito, metiéndose por dentro, y Morante se quedó allí. El natural fue adquiriendo un tono dramático hasta que llegó la agónica voltereta. Los pitones pasaron peligrosamente cerca del cuello. La plaza entera quedó contenida en un suspiro. Morante volvió a levantarse. A nacer. Y, después de recomponerse como pudo, regresó a la cara del toro. Ahí apareció el genio. Arrebatado, con el alma desnuda, se asentó sobre los talones y encontró el sitio exacto para desgranar una serie de derechazos de una hondura colosal. Templadísimos, larguísimos, llevados hasta donde el brazo alcanzaba, bordeando la cadera con una naturalidad que hacía olvidar el esfuerzo y el riesgo. Fueron derechazos soberbios. De esos que no necesitan una docena de series para justificar una tarde. Y entonces ocurrió uno de esos instantes que explican por qué el toreo puede alcanzar una dimensión que difícilmente encuentra correspondencia en ningún otro espectáculo. Morante, desplantado ante el animal, sacó un pañuelo de la chaquetilla, se secó el sudor y limpió su rostro. Lo hizo allí, delante del toro. Y la imagen tuvo algo de sagrado: Morante convertido en Verónica ante su propio Cristo. El pañuelo, el rostro sudado, el toro enfrente y aquella plaza suspendida en el tiempo. Hay momentos que no necesitan explicación. Ahí queda eso. Costó después colocar al toro para la suerte suprema, entre sus continuos escarbar y sus distracciones. Morante terminó consiguiéndolo y hundió la espada hasta la gamuza. La Malagueta quiso premiar aquella faena, aquella entrega y aquella vaciada de alma con una oreja. Ustedes sabrán. Ya saben que los despojos son eso, despojos. Pero conviene recordar algo que quizá se olvida con demasiada facilidad. Morante tiene casi cuarenta y siete años, lleva treinta en esto del toreo y José Antonio lleva mucho encima ya. Muchísimo. Demasiado.
El primero de la tarde había sido un prenda desde que salió. Reservón, frenándose, midiendo y amagando malas intenciones. No escatimaron el castigo en varas, donde empujó con genio, que no con bravura, para después salir despavorido. El de Torrealta tenía una mansedumbre de malas intenciones, una condición que hacía pensar que lo más sensato era mandarlo cuanto antes al desolladero. Pero Morante ya no quita moscas. Le enjaretó tres series, con muletazos bellísimos y tragando bastante mientras alcanzaba su pleno asentamiento. Con semejante material, no se podía hacer más. La estocada viajó ligeramente desprendida.
Roca Rey se encontró en segundo lugar con otro Torrealta, de fondo y hechuras muy diferentes. Se lo dejó entero en el caballo, del que además el toro se repuchó. Comenzó la faena de hinojos en el tercio, cambiándoselo por la espalda, para después quitarle las querencias y llevarlo hasta el centro del ruedo. Allí impuso su poderosa muleta para extraer derechazos largos, de buen trazo y mano baja. Fue creciendo la intensidad y el público terminó completamente entregado al peruano. Hubo una única serie al natural, estimable, en la que el toro protestó. Roca regresó entonces a las cercanías para construir el arrimón y los circulares finales. La estocada, después de un pinchazo, dejó aquello en una oreja.
Con el quinto sí llegó el doble trofeo, después de una faena en la que Roca Rey se hizo amo y señor de la situación desde una autoridad arrolladora. Hacía tiempo que no se le veía esta versión. Yo, concretamente, desde el año pasado en Bilbao. Los ayudados por alto del prólogo llegaron ceñidos, y después llevó siempre la cara del de Garcigrande tapada, sometiéndolo con una muleta poderosa mientras el animal sabía perfectamente lo que se dejaba atrás. Roca pudo con él, pleno de dominio. Esta vez sí, en esa línea de toreo más vulgar. Un estoconazo puso el punto final.
David de Miranda refrendó su idilio con La Malagueta. Tremendo, soberbio, fue el quite al jabonero de Cuvillo que vino a remendar la corrida en tercer lugar. Gaoneras ajustadísimas, rematadas con una larga, y después el toreo a una mano con el capote. La plaza era un clamor. El toro venía justito de raza, pero tuvo nobleza y un fondo pastueño en la muleta que permitió al onubense construir una faena de menos a más. Comenzó con el cartucho de pescado para dar paso a naturales en el centro del ruedo, antes de llegar a unos derechazos macizos cuando el animal comenzó a quedarse más corto y a pasar con mayor sosería. De Miranda terminó imponiéndose hasta conseguir que el toro se rajara. Una gran estocada puso en sus manos las dos orejas. Una era la justa.
El sexto de Torrealta se paró demasiado pronto. El onubense inició la faena doblándose por bajo, pero el burel protestaba, soltaba la cara y se negaba a entregarse. No había más toro. El onubense optó entonces por el arrimón y, en el epílogo por manoletinas, sufrió una voltereta sin consecuencias. Pinchó antes de dejar otra buena estocada.
Y así terminó una tarde que, más allá de los trofeos y de las estadísticas, volvió a dejar una certeza. Hay toreros que torean y hay toreros que consiguen que el toreo parezca algo distinto de lo que creíamos que era. Morante pertenece a esa extraña estirpe. La de los que necesitan muy poco para recordarnos mucho. La de los que, aun con el cuerpo castigado por los años, todavía son capaces de abrir una grieta en el tiempo y colarse por ella. Quizá por eso Bergamín hablaba de metafísica. Porque llega un momento en que el toreo deja de ser solamente un hombre delante de un toro. Deja de ser técnica, valor, estética o dominio. Se convierte en otra cosa. Algo difícil de explicar y todavía más difícil de ver. Y esta tarde, en Málaga, Morante volvió a asomarse a ese lugar.
LA RESEÑA
Plaza de Toros de La Malagueta, Málaga. Corrida del 150º aniversario de La Malagueta. Sábado 22 de agosto de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de Torrealta 🔴⚫🟡 (1º, 2º, 6º): manso y áspero el primero; colaborador el segundo; y desrazado el sexto; Garcigrande ⚪🔴 (4º, 5º): el cuarto complejo y orientado el quinto; y Núñez del Cuvillo ⚪🟢🔴 (3º): justo de raza, pero de buena condición.
Morante de la Puebla (berenjena y oro), silencio y oreja tras aviso.
Roca Rey (azul celeste y oro), oreja y dos orejas tras aviso.
David de Miranda (teja y oro), dos orejas y silencio tras aviso.
Notas: se interpretaron los acordes del Himno Nacional de España al finalizar el paseíllo.
Escrito por Álvaro Cabello de la Haba