La cita con Miura en Pamplona pertenece a esa vieja liturgia que el aficionado cabal aguarda. No venían esta vez los Zahariche a echar el cerrojo a San Fermín, sino a comparecer en la penúltima de abono. Tras el doloroso borrón del año pasado —un encierro deslucido, impropio de su estirpe, mal presentado y exiguo de casta—, la legendaria divisa sevillana lavó su honor trayendo a la Misericordia una auténtica tía de corrida. Toros tremendamente serios, que, además, regalaron embestidas de interés. Si acaso, el único reproche al encierro estuvo en una manejabilidad y nobleza almibaradas que no es, precisamente, lo que uno viene a buscar en una miurada. En el fiel de la balanza, Manuel Escribano firmó una tarde de impecable suficiencia, mientras que el venezolano Colombo anduvo dantesco, a base de su populismo circense. Pepe Moral, firmó un paso sin historia.
Todo era Sevilla en el albero navarro cuando asomó el primero. Escribano de luces, un miura de nombre Andaluz en los chiqueros y hasta la silueta de la Giralda bordada con mimo en la taleguilla del diestro de Gerena. Más allá, bastante más allá de la raya exterior, clavó las rodillas para recetar una larga cambiada. Frente a un oponente de nobleza anodina y justas fuerzas, Escribano anduvo asentado, dándole al toro la distancia y la altura que exigía su medida condición. Supo el torero que obligar por abajo al de Miura era acortarle la vida; por ello prefirió limpiar los muletazos y encauzar con mimo las sosas y medias arrancadas. Acabó la faena en las cercanías, metido en los pitones, de uno en uno, antes de cerrar por manoletinas mirando al tendido. Tras una estocada trasera, cayó una oreja.
No bajó el diestro de Gerena el listón en el cuarto de la función, yéndose a porta gayola para esperar a un pavo de Miura: altísimo, ofensivo de pitones y largo como un tren. Fue bello el galleo por chicuelinas para poner al toro en suerte ante el caballo de Juan Peña, que ejecutó dos puyazos sensacionales. Apoyado en las tablas, Escribano abrió su labor por alto en el prólogo de un trasteo que terminaría haciéndose eterno. El de Zahariche embestía con brusquedad y aspereza, pero la firmeza de Manuel logró robarle naturales y derechazos de uno en uno; pases sin brillo estético pero rebosantes de ese mérito de quien se la juega de verdad. Mató de media tendida y trasera. El palco hurtó una oreja mayoritariamente pedida por el cónclave, teniendo que conformarse el sevillano con una vuelta al ruedo.
La otra cara de la moneda anduvo en el lote de Pepe Moral. Los apuros que pasaron las de plata durante el tercio de banderillas del segundo los acusaría el burel en el último tercio. Sobre las piernas, sin confiarse, anduvo el sevillano. Apenas se salvó del naufragio un puñado de naturales donde el toro se desplazaba con más largura que por el derecho, donde se quedaba cortísimo. Pasaportó al astado con una media atravesada y un golpe de verduguillo.
Al quinto de la tarde lo masacraron sin piedad en el caballo; Moral no pasó de voluntarioso y abrevió pronto ante las ásperas acometidas y el constante calamocheo del animal. Todo terminó en un mitin con los aceros.
Lo de Jesús Enrique Colombo, sencillamente, no cabe en el libro de la ortodoxia taurina. Su propuesta populista roza lo dantesco. El tercero, un toro de imponente estampa miureña, que además resultó noble y pronto, pedía el toreo de verdad. El venezolano optó por deleitarnos —entiéndase la ironía— con un trasteo superficial, despegado y desajustado. Todo fue una sucesión de alharacas, aspavientos y desplantes a las peñas para calentar un toreo puramente circense. Cobró una estocada trasera y caída que le valió para tocar pelo.
La historia se repitió en el sexto, pero con mayor saña. La calidad y la sensacional profundidad en la embestida del de Miura quedaron sepultadas bajo un festival de mantazos, enganchones y constantes muecas de cara a la galería. Colombo volvió a erigirse como el vulgar de los vulgares.
LA RESEÑA
Plaza de Toros Monumental de Pamplona. 9ª de abono de la Feria del Toro | San Fermín. Lunes 13 de julio de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de Miura 🟢🔴: de apabullante y espectacular presencia. Nobles y manejables en líneas generales, empujaron en el caballo. El sexto fue extraordinario.
Manuel Escribano (azul marino y oro), oreja y vuelta al ruedo tras aviso y petición mayoritaria.
Pepe Moral (blanco y plata), silencio y pitos tras aviso.
Jesús E. Colombo (carmesí y oro), oreja tras aviso y palmas.
Escrito por Álvaro Cabello