Tres horas, tres. Ese fue el dilatado metraje de la tercera de abono de este San Isidro. Una función de largo aliento, por momentos plúmbea, que navegó entre el pañuelo verde de dos devoluciones, el sainete de unas mulillas despavoridas en el arrastre del segundo y un carrusel de cinco avisos que hundieron al respetable en un mar de altibajos. Sin embargo, a pesar del letargo, el festejo guardó el tesoro del fundamento. Se lidió una corrida pareja de Conde de Mayalde, de impecable trapío, que recordó que Madrid no requiere moles mastodónticas, sino la armonía de la seriedad y la integridad. El juego fue desigual con dos inválidos, un lote con ciertas opciones para Gonzalo Caballero y un extraordinario “Enarbolado” con el que Román ratificó, una vez más, su inquebrantable idilio con Las Ventas.
David Galván firmó una importante tarde de una seriedad catedralicia. Tras asomar el pañuelo verde por la endeblez del abreplaza, emergió en su lugar un "don toro" de Fermín Bohórquez. Y digo lo de "don" porque el animal lucía esa expresión de señor mayor: un toro basto, de hechuras poco agraciadas, que resultó ser un ejemplar correoso y exigente. Galván estuvo impecable. Inició la faena con muletazos por alto de hondo sabor, lidiando no solo con un burel áspero y protestón, sino con un Dios Eolo que azotó con saña. El de San Fernando buscó el refugio de los bajos del cinco y el seis para cimentar su obra ante el viento y los derrotes. Todo cobró una dimensión superior cuando se echó la muleta a la zurda. Allí, el toro encontró otro son y Galván se mostró hecho un tío. Con la muleta moviéndose como una bandera bajo el vendaval, ligó series de una pureza descarnada, pasándose al animal por la faja y metiéndose la embestida detrás de la cintura. Hubo un natural en la última serie que fue un monumento a la lentitud y la elegancia.
El de San Fernando intentó después un quite por chicuelinas al tercero, pero al pisar el capote cayó al ruedo y fue arrollado violentamente. Se marchó a la enfermería dolorido de la espalda y no reapareció hasta el último toro, que en realidad debía haber hecho de cuarto. Otro ejemplar de Mayalde fue devuelto entonces por inválido, alargando todavía más una tarde que rozaba ya la eternidad. El sobrero de Bohórquez, bastote y mansurrón, apenas tuvo un pase. Aun así, Galván volvió a mostrarse digno y dispuesto, ligando muletazos meritorios entre los feos topetazos y la descompuesta embestida del animal. Lo despachó de una buena estocada.
Román no terminó de acoplarse nunca con el segundo de la tarde. El toro, ya desde chiqueros, enseñó querencia a tablas y la confirmó tras un tercio de varas desastroso, marcado por la mala colocación y los continuos rectificados de Santiago Morales “Chocolate”. Sin embargo, el inicio de faena hizo concebir esperanzas. Citó en los medios y el toro acudió pronto y con cierta franqueza, permitiendo una primera tanda estimable. El animal pedía distancia, aire y largura. Exactamente eso. Por eso sorprendió que el valenciano redujera terrenos al tercio y terminara toreando en cercanías, justo donde el toro comenzó a sentirse más aquerenciado y reservón. La faena perdió entonces estructura y vuelo. Hubo muletazos aislados de mérito, pero el conjunto jamás terminó de tomar cuerpo. Además, el toro desarrolló complicaciones para entrarle a matar y Román volvió a mostrarse desacertado con la espada, dejando tras varios pinchazos una estocada atravesada y trasera.
Pero el valenciano se redimió con grandeza en el que estaba previsto como quinto y acabó saliendo en cuarto lugar. Ahí volvió a demostrar que es torero de Madrid. Y “Enarbolado”, extraordinario toro de Mayalde, también quiso reivindicar desde el primer embroque que era toro de esta plaza. Serio, astifino y con presencia, tomó dos puyazos cumplidores, aunque sin una pelea especialmente brillante. Rozaban ya las nueve de la noche cuando Román se fue al centro del ruedo y desde allí comenzó a construir la mejor faena del festejo. Tiene el valenciano un dominio excepcional de la larga distancia y allí encontró la clave exacta para entender al toro. Citaba con la franela planchada y “Enarbolado” acudía pronto, entregado y largo, permitiendo tandas de derechazos templadísimos, de mano baja y enorme profundidad. Todo fue creciendo a medida que Román exigía más y el toro respondía con una calidad extraordinaria. Entre tanda y tanda volvía a alejarse para citar desde lejos, luciendo siempre la embestida del animal, que acudía con alegría y transmisión. Al natural no se arrugó el matador. Mantuvo la distancia y el planteamiento, dejando muletazos vibrantes mientras el toro seguía la tela con largura y humillación, arando la arena. Es cierto que los naturales resultaron notablemente despegados, pero también tuvieron conexión con los tendidos. El final por bajo rebajó algo la intensidad y aparecieron enganchones que hasta entonces no habían existido. Pero la dimensión de la obra ya estaba alcanzada. Remató de un estoconazo a recibir y paseó una oreja de ley. Ojo: a un toro de dos, quedándose otra vez a las puertas de esa Puerta Grande que se le vuelve a resistir.
Gonzalo Caballero regresaba a Las Ventas cuatro años después de su última comparecencia. Y sería injusto negarle entrega, pero también resultó evidente la falta de rodaje. No estaba para anunciarse en este San Isidro. Recibió a su primero con lances a pies juntos, llevando al toro hacia los medios mientras el animal humillaba con cierta clase. Enfundado en un rosa y oro cargado de significado, brindó al cielo desde el centro del ruedo mientras la pequeña María se emocionaba desde allí. Que Dios tenga en su gloria a esa niña valiente que peleó con una entereza infinita frente a las feas embestidas del cáncer. El de Mayalde tuvo movilidad y obediencia. Entre evidentes carencias técnicas, Caballero fue justificándose como pudo, siempre voluntarioso, pero sin acabar de encontrar gobierno. Además, mató muy mal.
Tampoco tuvo demasiada historia su segundo. Eso sí, Ángel Gómez y Fernando Sánchez dejaron un sensacional tercio de banderillas, muy bien secundados en la brega de Iván García. Caballero volvió a mostrarse dispuesto frente a un toro más incierto, aunque la faena terminó haciéndose excesivamente larga y perdiéndose entre muletazos sin demasiado pulso. De nuevo falló con la espada, cerrando así una reaparición marcada más por la voluntad que por el argumento taurino.
LA RESEÑA
Plaza de Toros Monumental de Las Ventas. 3ª de abono, Feria de San Isidro. Domingo 10 de mayo de 2026. Casi lleno.
Toros de Conde de Mayalde 🟤🔴: inválidos primero y sexto que fueron devueltos; entregado el segundo; noble y obediente el tercero; encastado, repetidor y con calidad el formidable cuarto; algo incierto el quinto; y Fermín Bohórquez 🟢🔴 (1ºbis y 6ºbis): duro y correoso el primero bis; bruto y descompuesto el segundo.
David Galván (malva y oro), palmas tras aviso y silencio.
Román (sangre de toro y oro), silencio tras aviso y oreja tras aviso.
Gonzalo Caballero (rosa y oro), silencio tras aviso en ambos.
Notas: se desmonteraron Ángel Sánchez y Fernando Sánchez tras parear al quinto.
Escrito por Álvaro Cabello