En estos tiempos de parsimonia y falta de garra, donde muchos novilleros parecen habitar una zona de confort impropia de su edad, se agradece el impacto de la verdad. Ir a Madrid a ver pasar los minutos es un pecado capital; a Las Ventas se viene a jugárselo todo, a dejar un golpe cantado sobre la mesa y a proclamar, con la autoridad de quien quiere comerse el mundo, que se tiene el alma de torero. Esa fue la lección que hoy dictó un tal Álvaro Serrano. En la primera novillada de San Isidro, el madrileño no solo mostró un afán desmedido, sino que cuajó una tarde de importancia capital, de entrega absoluta, frente a un encierro interesantísimo de Montealto. Y también ayudó, claro, que enfrente saliera una novillada de enorme interés de Montealto. Un encierro bravo, encastado y exigente; de esos que no regalan absolutamente nada y obligan a enseñar de verdad los papeles. Hubo emoción en varas, pelea auténtica y animales con ese punto de fiereza que despierta la atención de los tendidos y obliga a los novilleros a definirse. Una novillada de las que hacen afición porque sucede algo dentro del ruedo, porque hay tensión, incertidumbre y verdad. Chapó para la casa ganadera. Pasadas las nueve y media, la puerta de los sueños se abrió de par en par para que Serrano, envuelto en una nube de gloria legítima, saliera en volandas hacia la calle de Alcalá.
Álvaro Serrano firmó una tarde completísima, de máxima entrega y una verdad incontestable. Pero más allá del balance estadístico o del golpe de efecto de la Puerta Grande, lo verdaderamente importante estuvo en el fondo: en el sentido de la lidia, en la cabeza despejada para entender cada embestida y, sobre todo, en la determinación feroz con la que afrontó toda la tarde. Toreó como quien entiende que Madrid no es una plaza para dejarse ver, sino para quedarse. Cuajó al tercero desde el recibo capotero. Primero, rodilla en tierra, templando unas verónicas de enorme categoría que ya anunciaban el tono de la obra. Después, ya erguido, siguió meciendo las embestidas con suavidad y remató con una media preciosa, de mucho empaque. El novillo acudió al caballo con brío y alegría, encastado y vibrante, aunque fue muy mal picado pese a su entrega. Serrano volvió entonces a tomar el capote para dejar otro ramillete de verónicas de gran expresión, esta vez rematadas con una media enroscada al cuerpo de enorme personalidad. Y todavía habría más: una revolera perfecta dejó al novillo colocado en suerte para un segundo puyazo en el que volvió a emplearse con bravura, derribando al caballo y dejando un momento de auténtico pavor con el picador golpeado en el ruedo. Fue, además, el único de la terna que quiso verdaderamente lucir a los novillos en varas, entendiendo que la bravura también merece contarse y exhibirse. Entró entonces Tomás Bastos al quite por gaoneras a pies juntos, más ajustadas que limpias, y Serrano respondió sacando a relucir un repertorio amplísimo y lleno de personalidad. Los delantales tuvieron una profundidad extraordinaria y el remate final, soltando el capote por abajo con una sola mano, fue una auténtica pintura. Madrid se puso en pie. Resultó una pena amarga que el viento irrumpiera con tanta violencia en el momento de la faena. Pero ni siquiera Eolo pudo descomponer la dimensión de lo que allí estaba ocurriendo. El inicio rodilla en tierra, con trincherazos tremendos y muy toreros, fue el prólogo perfecto de una obra de entrega absoluta y honestidad desnuda. Serrano se plantó firme como una vela ante un novillo exigente, pronto y repetidor, que pedía mando constante y la muleta siempre por abajo. Y allí apareció el novillero de verdad. En los medios. Con el viento sacudiendo la franela como una bandera. Tragando una barbaridad. Aguantando las miradas y las embestidas con un aplomo impropio de su experiencia. Las tres tandas de derechazos fueron creciendo en intensidad y gobierno hasta desembocar en una tercera sencillamente perfecta: llevando al novillo muy largo, tirando de él hacia abajo y vaciando la embestida con profundidad y mando. Al natural terminó de romper la tarde. Se la jugó de verdad Álvaro Serrano. De uno en uno. Siempre colocado. Ofreciendo el pecho. Dejando que el viento descubriera la muleta mientras él seguía allí, tragando y apostando todo. Las dos tandas zurdas tuvieron una personalidad arrolladora, metiéndose al novillo detrás de la cintura y sometiendo aquella embestida encastada con un valor seco y puro. Madrid volvió a ponerse en pie. Entonces tocaba rubricarlo. Había que ir a matar. Y vaya si fue. Se perfiló con decisión y dejó un estoconazo hasta la gamuza, recibiendo el estallido definitivo de Las Ventas. Así se viene a Madrid. Las dos orejas fueron fuertemente pedidas, aunque la presidencia dejó el premio en una, justa y rotunda de cualquier manera.
Pero Serrano ya había abierto un ojal de esa Puerta Grande soñada. Y terminaría de descorrerla con una faena pura y maciza al cierraplaza. Volvió a sobresalir ahí su sentido lidiador y ese afán, tan poco habitual hoy, de darle protagonismo al toro. Gracias por eso, novillero. También se conquista Madrid entendiendo la lidia desde la generosidad y no desde el destajo. Brindó al público desde los medios y el comienzo volvió a ser un aldabonazo. Torerísimo. De rodillas fue hilvanando trincheras monumentales, lentas y profundas, dichas con un gusto exquisito. Y después llegó el gobierno con la derecha. Muleta baja, figura relajada y una manera excepcional de correr la mano. Todo apareció acompasado, ligado, sentido. Serrano alcanzó ahí una cumbre importante, coronada además por una trinchera de auténtico cartel de toros, colosal de expresión y abandono, que volvió a poner a Madrid en pie. Pero aún quedaba lo mejor. Porque el bravo colorado de Montealto terminó también por romper la tarde con una embestida de enorme entrega. Y Serrano, ya absolutamente entregado al momento, cuajó dos tandas al natural sencillamente inconmensurables. Perfectamente colocado. Trazando los muletazos con una belleza serena y profunda. Novillo y novillero parecían ya fundidos en una armonía total, volcándose ambos en cada embroque como si supieran que aquello empezaba a tomar vuelo grande. El final fue de un empaque extraordinario: un derechazo de figura relajada, un trincherazo lentísimo y un cambio de mano eterno terminaron de incendiar Las Ventas, rugiente y puesta otra vez en pie. La estocada cayó algo contraria y la tardanza del novillo en doblar enfrió parcialmente el ambiente, aunque no evitó la concesión de otra oreja que perfectamente pudieron ser dos. Qué torero se está formando ahí dentro. No le pierdan la pista.
Tomás Bastos, en cambio, no tuvo su tarde. Le correspondió en primer lugar un novillo serio y de muy bonitas hechuras, bravo en varas y con mucha movilidad y casta. Pero el portugués nunca terminó de imponerse a un animal que tenía mucho que torear. No era el más enclasado del encierro, pero sí uno de esos novillos que exigen firmeza y capacidad para someterlo, y Bastos no terminó de encontrar ni el sitio ni el mando necesarios. Al natural se le vio más poso y dejó algunos muletazos estimables, aunque sin lograr ligar ni redondear las tandas, lo que impidió que aquello tomara vuelo. Mató de una estocada trasera.
El cuarto salió cuando se abrían los cielos en medio de un aguacero. Fue un novillo muy serio, ovacionado de salida, que ya puso en aprietos a Bastos durante el saludo capotero, desarmándolo y rozando el percance. Obligado quizá por la dimensión de Serrano, el luso salió después a los medios de hinojos para dejar varios pases del péndulo. El animal tenía nobleza y calidad, pero la faena volvió a embarrarse entre enganchones constantes y falta de temple. No estuvo centrado Bastos en toda la tarde. Tampoco acertó con la espada.
Martín Morilla sorteó el lote de menos opciones, aunque el segundo de la tarde sí dejó una pelea en varas extraordinaria. Más pequeño que sus hermanos, el novillo se engrandeció empujando con los riñones y acudiendo siempre pronto al caballo, hasta derribar y dejar un momento de mucho peligro con el picador bajo la montura. El sevillano se equivocó claramente con los terrenos. Toreó demasiado pegado al tercio, justo en la zona de querencia del novillo, cuando el animal pedía amplitud y medios para romper hacia adelante. Tiene la disculpa Morilla de que el viento condicionó muchísimo toda la tarde en el centro del ruedo, pero aun así faltó claridad en el planteamiento. El trasteo dejó detalles de calidad, especialmente por el derecho, donde aparecieron algunos muletazos de buen trazo y cierta lentitud, aunque casi nunca limpios del todo. Además, la faena terminó haciéndose larga. Pinchazo previo a un bajonazo infame.
El quinto fue el lunar de una extraordinaria novillada. Manso en todos los tercios y muy deslucido ya en la muleta, apenas tuvo entrega ni continuidad. Morilla dejó algún detalle suelto de torería, especialmente algún natural de buen dibujo, pero aquello estaba condenado al abrevio desde muy pronto. Sin embargo, insistió demasiado ante un novillo completamente agotado, terminando por aburrir al personal. Pinchazo, media estocada y entera para cerrar su actuación.
LA RESEÑA
Plaza de Toros Monumental de Las Ventas. 4ª de abono, Feria de San Isidro. Martes 12 de mayo de 2026. ¾ de plaza.
Novillos de Montealto 🔴🟢: de excelente presencia, serios y astifinos. Encastados y bravos en varas. El lunar del encierro fue el quinto, manso y sin ninguna entrega.
Tomás Bastos (gris plomo y oro), silencio tras aviso en ambos.
Martín Morilla (verde esperanza y oro), silencio en ambos.
Álvaro Serrano (azul marino y oro), oreja con petición de la segunda y oreja tras dos avisos.
Notas: se desmonteró Iván García tras parear al primero.
Escrito por Álvaro Cabello