Ya ha llegado, señores. Tenía que ser hoy, viernes de San Isidro y día del Patrón, cuando la calle de Alcalá asistiera a un espectáculo bochornoso: la Plaza de Las Ventas ha vuelto a morir por enésima vez, consumida por el fuego de un infame triunfalismo. Venía el cartel preñado de expectación, con una corrida de El Torero de excelente y bella presencia y dos puristas en la terna capaces de cautivar con el rito del toreo. Sin embargo, antes de entrar en harina, cabe preguntarse qué hacía Fernando Adrián cerrando este cartel mientras Ginés Marín o Mario Navas permanecen en el ostracismo de sus casas. Dicho queda. Fue precisamente el diestro madrileño quien ejerció de caudillo de un populismo pueblerino, arrancando dos orejas —una y una— en faenas de una chabacanería insultante. En una mezcla de ambiente festivo y el clamor de los pocos reductos cabales que aún protestan la ignominia, la tarde acabó en una Puerta Grande barata. Olvidan algunos que estamos en la plaza más importante del mundo. Todo ello, para más inri, ante un encierro de El Torero que traía un lote para reventar Madrid, pero por el camino de la verdad, no por el del atajo.
Al primero de la tarde se le castigó muy mal en varas, con el picador percutiendo sin medida y tapándole constantemente la salida. En ese contexto hostil, y con un viento infernal azotando la plaza Diego Urdiales se enfrentaría a una labor hercúlea entre un vendaval desatado y una embestida áspera y descompuesta. Si por el derecho poco dijo aquello, al natural resultó quimérico gobernar los derrotes mientras la muleta ondeaba. Optó el de Arnedo por la dignidad, doblándose con el animal y recetando un volapié contundente, una estocada de las que ya no se ven.
En el cuarto, en cambio, pudimos paladear el excelso toreo que Urdiales guarda en sus muñecas. En los bajos del cinco, comenzó la faena con un extraordinario prólogo por bajo, llevado a dos manos, cosiendo después un trincherazo ralentizado y monumental que encendió a los aficionados. El toro exigía precisión absoluta, había que hacerlo todo perfectamente para extraerle las virtudes. Y Urdiales lo entendió desde el primer muletazo. Fue al natural donde brotó un toreo mayor. Naturales de uno en uno, muy sentidos, buscando siempre el pitón contrario y tragándose las desiguales embestidas del animal detrás de la cintura. Hubo un par de muletazos de enorme profundidad y una trincherilla lentísima, paladeada con temple exquisito, que justificaban por sí solos la asistencia a la plaza. El espadazo final, ejecutado en un volapié perfecto, tuvo tanto mérito como la propia faena. Aquello merecía, como mínimo, una vuelta al ruedo. Todo quedó en una ovación. Urdiales ha firmado las dos estocadas de la feria hasta la fecha, con dos volapiés sublimes.
Fortes pasó las de Caín con el ofensivo segundo. El malagueño lo cuajó a placer con la capa en verónicas templadísimas y dos medias de enorme ajuste y gusto. Después, al intentar colocarlo al caballo, el toro se le vino por dentro y lo volteó con violencia. Brindó Fortes a Madrid y comenzó genuflexo en el tercio tratando de abrirle camino al animal. Pero el toro tenía mucho sentido y malas ideas. Tras dos derechazos, se volvió a colar por dentro y prendió al torero de manera espeluznante, en una cogida terrorífica de la que salió milagrosamente ileso. Aun así, regresó a la cara del toro, insistiendo por el pitón derecho, siempre buscando el embroque y tirando de una embestida traicionera que volvió a derribarlo con otra voltereta tremenda. Esta vez, con buen criterio, decidió tomar la espada y dejar una estocada tendida.
Recién operado del gemelo, salió a matar al quinto para dejarnos una delicatessen al natural. El pupilo de El Torero vestía una bonitas hechuras y cara y además fue bravo en varas, acudiendo pronto y dejando una estimable pelea en el peto. El inicio de faena tuvo aroma grande en pases por alto hilvanados a un cambio de mano eterno que hizo rugir a Madrid. El pitón derecho resultaba más deslucido, de modo que toda la obra se sostuvo sobre una mano izquierda sencillamente prodigiosa. Fortes toreó con colocación, pulso y un temple extraordinario, manejando los vuelos con exactitud para pasarse al toro lentísimamente detrás de la cintura. Las tres tandas de naturales tuvieron un aroma clásico y profundo, de ese toreo que detiene el tiempo en Las Ventas. De la última brotó incluso un kikiriki de bellísima expresión. La estocada cayó algo desprendida únicamente porque el toro perdió las manos al entrar a matar. La oreja fue de ley. Mucho más valiosa, desde luego, que las otras dos concedidas durante la tarde.
De las faenas de Fernando Adrián no quedará ni el recuerdo en cuanto se apaguen las luces de la plaza. Enfundado en un lila y plata con corbatín morado de espanto, toreó muy bien de capa al precioso berrendo que hizo de tercero. Primero verónicas genuflexo, para luego templarlas y firmar con una media a pies juntos muy despaciosa. Las cosas como son. Pero claro, aquello se queda en poco, cuando después Urdiales sale a hacer un quite por verónica llenas de expresión, manejando con suma suavidad los vuelos y recetándole una media de cartel. El toro tenía transmisión, casta y repetición. Era un animal de triunfo grande si se le dominaba de verdad. Pero Fernando Adrián optó por un planteamiento acelerado y superficial, basado en el efectismo y el movimiento continuo, sin terminar nunca de gobernar la embestida. Todo ocurrió fuera de sitio, sin ajuste ni mando. Al ver que el toro no se cansaba de embestir, se lo llevó a los medios donde las virtudes del animal se multiplicaron y la chabacanería del diestro también: cercanías, cambios por la espalda y la "noria". Las bernardinas finales encendieron la ignorancia popular y, tras una estocada caída, el palco concedió una oreja entre sonadas protestas.
El sexto, ovacionado de salida por sus impecables hechuras y su seriedad, volvió a dejar detalles excelentes desde el capote. Adrián sufrió un tremendo susto en un lance en el que el toro se le metió por dentro y lo levantó a la altura de la cintura. En varas el animal empujó con bravura, derribando en el primer encuentro y apretando después con los riñones en el segundo. Y otra vez apareció Urdiales para impartir una lección del toreo a la verónica. La última todavía la está dando. Sobresalió Curro Javier, que dejó dos pares de banderillas de enorme exposición. En el segundo fue cogido de manera espeluznante, quedando en una eternidad a merced del toro antes de ser conducido a la enfermería con aparentes cornadas. La faena de Adrián, entre discusiones en el tendido y un sector relevante en su contra, careció de mando y poder. Al natural, el toro tenía mucha calidad y era para crujir Madrid. Solo pudo crujirle la espalda al diestro, en un retorcimiento antiestético y desacople constante a base de naturales tan largos como despegados. Una estocada muy trasera bastó para la segunda orejita y esa Puerta Grande infame que hoy deshonra la categoría de Las Ventas.
LA RESEÑA
Plaza de Toros Monumental de Las Ventas. 7ª de abono, Feria de San Isidro. Viernes 15 de mayo de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de El Torero 🔵🔴: de excelente y bella presencia. Serios y astifinos. De embestida descompuesta el primero; con mucho peligro un orientado segundo; encastado, pronto y repetidor el tercero; el cuarto noble, con cierta calidad por el izquierdo pero muy flojito; buen pitón izquierdo el del quinto; y un bravo sexto.
Diego Urdiales (verde bandera y oro), silencio y ovación.
Fortes (berenjena y azabache), silencio y oreja.
Fernando Adrián (lila y plata), oreja tras aviso en ambos.
Escrito por Álvaro Cabello