No era cualquier cosa torear hoy en Madrid. Una terna de marcada proyección internacional —España, Francia y Colombia— se acartelaba en la undécima de abono del ciclo isidril para despachar la corrida de Saltillo. Ahí es nada. Sin embargo, la expectación se diluyó en una tarde opaca y espesa, huérfana de contenido primordial. Los de la divisa sevillana lucieron, por lo general, una mansedumbre anodina, desarrollando en el caballo más genio que verdadera casta, para llegar a la muleta descastados, sin celo y con nula entrega. Si acaso, sirvieron algo más el primero y el buen sexto; uno por movilidad y el otro por su brava y enclasada condición. De un hierro como Saltillo se exige siempre la emoción del peligro, pero los de hoy, digámoslo claro, no se comían a nadie.
José Carlos Venegas estuvo francamente digno con el abreplaza. Sin llegar a redondear una obra maciza, el jienense extrajo muletazos de mucho mérito y supo conducir con pulso una embestida que nunca humilló y que, para colmo, soltaba molestos arreones. Hubo mucha verdad en el trazo de Venegas, destacando unos naturales estimables y un precioso cambio de mano de exquisito dibujo. Pasaportó al animal de una estocada casi entera.
El cuarto fue un auténtico camino de rosas; nótese la profunda ironía. El astado no pudo poner las cosas más difíciles tanto al matador como a su cuadrilla. Menos mal que Venegas traía a los mejores al sastre. A pesar de que el burel venía cortando el viaje de forma alarmante en banderillas, Iván García, en un día más por la oficina, clavó los palos en la cara con un mérito descomunal. Fernando Sánchez no se quedó atrás en torería. Venegas hizo lo que pudo ante la amplia cornamenta de un toro que se vencía por dentro con aviesas intenciones. El de Bea de Segura demostró una gran habilidad metiendo la mano con el acero para despachar el trance.
El segundo de la tarde fue un ejemplar de Saltillo de una mansedumbre de libro, de los que en cuanto atisban la salida huyen descaradamente hacia las tablas. Juan Leal anduvo voluntarioso, porfiando en los medios para retener al cárdeno, que buscaba la querencia sin disimulo. El francés planteó el trasteo en el centro del anillo, desde los pases del péndulo iniciales hasta una tanda de naturales despegadísima, otorgando demasiada distancia a un animal que solo pensaba en la huida. Cobró una estocada tendida y atravesada.
El festejo venía remendado por un quinto con el hierro portugués de Couto de Fornilhos. El animal derrochó mansedumbre, aunque bien es verdad que cuando iba tapado se tragaba los pases, pero con una sosedad supina. El francés no pasó de voluntarioso en una faena que alargó de forma innecesaria, sumiendo el tendido en el sopor. Mató de una estocada muy trasera y desprendida, evidenciando una tarde más que la suerte suprema no es, precisamente, su fuerte.
El lote de la tarde se lo llevó Juan de Castilla. Venía el colombiano de superar un trance durísimo en lo físico por aquella grave cornada sufrida el pasado mes de enero en su tierra natal, y hoy, sus dos encastados oponentes le ganaron la batalla en el albero. Con el precioso lucero que hizo tercero, inició la faena de muleta en el centro mismo del anillo de rodillas; un alarde de indudable valor que puso a la plaza en tensión, pero después no logró someter ni mandar sobre las embestidas. El de Saltillo tuvo franqueza, iba y venía sin poner en apuros al espada, pero la falta de entrega y transmisión del animal hizo que la voluntariosa labor del colombiano pecara de monótona. Al menos, se tiró a matar con verdad.
El cierraplaza fue el toro de la corrida, un animal importante. Fue el único del encierro que ofreció una pelea de bravo en el tercio de varas. En la muleta sacó codicia, humillando y repitiendo con un celo excelente. Juan de Castilla no pudo imponerse a la importancia de esas embestidas; es seguro que, antes del percance de enero, el colombiano hubiera ofrecido otra dimensión. Para colmo, se eternizó con los aceros. Es evidente que Juan de Castilla no está en su sitio, pero resulta del todo comprensible tras el tremendo esfuerzo y la exigencia de la recuperación. La mente y el cuerpo siempre terminan pasando factura. Ojalá recupere pronto su verdadero nivel, porque estamos ante un torero de indiscutible valía.
LA RESEÑA
Plaza de Toros Monumental de Las Ventas. 11ª de abono, Feria de San Isidro. Miércoles 20 de mayo de 2026. ¾ de plaza.
Toros de Saltillo 🔵⚪: en general muy nobles, mansitos y con poca entrega. Destacó un buen sexto, bravo enclasado y que humillaba con repetición; y Couto de Fornilhos 🔵🟡 (5º): un manso.
José Carlos Venegas (blanco y oro), ovación y silencio.
Juan Leal (celeste y oro), silencio y silencio tras aviso.
Juan de Castilla (nazareno y oro), palmas y silencio tras aviso.
Escrito por Álvaro Cabello