Sean bienvenidos a la crónica de una muerte anunciada. La tarde parecía haberse consumido en los espíritus antes siquiera de asomar el primer toro por los chiqueros de Las Ventas. Publicaba yo un post esta mañana en X, antes Twitter, en el que, parafraseando a Siempre Así, decía lo siguiente: “Si los hombres han llegado hasta la Luna, si desde Sevilla puedo hablar con alguien que esté en Nueva York; ¿por qué no le va a embestir uno de El Puerto hoy a los dos artistas sevillanos?”. Bien, pues tras lo vivido hoy, he llegado a la firme conclusión de que tal milagro es un imposible metafísico. Venía la tarde con el clásico runrún del "y si sí", ese que florece invariablemente cada vez que Ortega y Aguado se acartelan juntos; pero que siempre, ese el aroma del arte viene lastrado por una ganadería de nulas opciones. Hoy no iba a ser diferente. Asistimos a una corrida inválida, huérfana de un ápice de casta y entrega; un desfile de toritos flojos. Uno ya no sabe qué más tiene que acontecer para que esta divisa no vuelva a pisar el ruedo venteño en mucho tiempo. Para colmo de males, Manzanares abría el cartel. Otro nombre que no debe volver. El oasis de la función llegaría con Pablo Aguado en el tercero, pero para algo digno que sucede en el albero, todo terminó en la tragedia de los tres avisos.
Tal como saltó el abreplaza al ruedo, dio la vuelta sobre sus manos y regresó por su propio pie a los chiqueros. Bien empezábamos... Fue aquel un toro que no podía ni con el rabo, un auténtico inválido al que las cuadrillas tuvieron que llevar entre algodones durante toda la lidia. Allí anduvo José María Manzanares, intentando justificar lo injustificable antes de pasaportarlo de una buena estocada.
De inválido a inválido y tiro porque me toca. No tardó en asomar el segundo pañuelo verde de la tarde en el palco presidencial. Salió en su lugar un sobrero de El Freixo que tampoco vendría a salvar los muebles de la quema. Un mansito que más o menos mantuvo la verticalidad, pero que lució un estilo feo, punteando las telas de la anodina muleta de Manzanares. Una estocada trasera sirvió para cerrar el —otra vez— insulso e intrascendente paso del alicantino por Madrid.
Otro espada que habrá pasado sin pena ni gloria por la Monumental en este San Isidro es Juan Ortega. Esbozó buenas verónicas el sevillano al segundo de la tarde, pero el de El Puerto de San Lorenzo salía notablemente distraído de aquellos intentos de lance. Después llegó el desmoronamiento: bastó su paso por el caballo de Palomares para que el animal cantara su absoluta invalidez y fuera mandado directamente al corral. De Guatemala a Guatepeor, porque el sustituto vino con el hierro de José Vázquez. Otro inválido para la colección. Uno más en el petardo colectivo y uno menos para el final. Este, al menos, poseía prontitud y cierta movilidad, una condición que se quedó en agua de borrajas porque el astado no paró de rodar por la arena. No podía con su alma. Ortega lo despachó de una buena estocada.
Al feo quinto, un animal basto, descompuesto de hechuras y con nítida pinta de buey, Ortega solo pudo dejarle unas iniciales trincheras de corte bellísimo y torero. Brutote y brusco el burel en los engaños de Juan, acusó además un escaso poder. Abrevió con sensatez el de Sevilla y dejó una estocada desprendida.
Pablo Aguado fue el encargado de firmar lo mejor de todo el festejo. El tercero de la tarde parecía que iba a aguantar un punto más en los trastos e incluso la plaza llegó a ilusionarse en los primeros compases, pero el espejismo duró lo que tardaron en consumirse poco más de tres tandas armoniosas. ¡Pero qué tandas! Pronto y con la muleta en la mano, Aguado comenzó su obra con un molinete garboso, preámbulo de unos derechazos suaves y templados con esa suma naturalidad que impregna su concepto, rematados con un preciosista cambio de mano hilvanado al de pecho. El de El Puerto embistió con alegría en ese prólogo de muletazos armónicos, pero pronto cantó la gallina y buscó descaradamente la querencia de las tablas. Aguado le sacó todo lo que guardaba en las entrañas. A base de insistencia, logró arañar algunos naturales de buen trazo, en una labor ya totalmente condicionada por un toro rajado que exigía los pases de uno en uno, embistiendo rebrincado y con manifiesta mala clase. Hundió una estocada corta y el animal buscó el abrigo de los toriles. Ahí comenzó un calvario de descabellos que hizo correr el cronómetro implacable hasta que el tercer pañuelo asomó en la presidencia, dictaminando que el toro regresaba vivo a los corrales. El puntillero de la plaza acabaría finalmente con la vida del animal. Para algo de categoría que presenciamos, el epílogo vino a ser la madre de todos los petardos.
Por fin asomaba el sexto de la tarde, que en estricto orden de lidia fue el octavo de la función. Los ánimos de la cátedra estaban del revés, con los tendidos profundamente irritados. En el fondo, todos los presentes sabíamos perfectamente a lo que veníamos. Ya dejó entrever el de La Ventana del Puerto en el capote de Aguado que las fuerzas tampoco iban a ser su fuerte. Tras un nuevo trámite insustancial en el tercio de varas, quiso el sevillano pedir perdón por el mitin con el verduguillo de su anterior turno, e intentó un quite capotero. El lance comenzó con muy buen aire, mediante verónicas de una bella expresión de las que emergió una chicuelina preciosa que resultó lo más brillante del tercio; pero a partir de ahí el toro se quedó corto y la escena terminó por emborronarse. En la franela, el animal mostró nobleza y clase en sus acometidas, pero siempre limitado de fondo, queriendo más de lo que realmente podía emplearse. Pese a la indiscutible disposición de Aguado, que lo intentó con honradez por ambos pitones, la faena jamás alcanzó la lucidez necesaria en una tarde ya plomiza y con los tendidos pesados por la deriva del encierro. Es que, sencillamente, no hubo toro. Y ya saben ustedes que, en el rito de la fiesta, si no hay toro, nada tiene importancia.
LA RESEÑA
Plaza de Toros Monumental de Las Ventas, Madrid. 12ª de abono, Feria de San Isidro. Jueves 21 de mayo de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de El Puerto de San Lorenzo 🔴🟡 (1º, 2º y 3º): justitos de presencia, primero y segundo inválidos y el tercero noble y desrazado el tercero; La Ventana del Puerto 🔴🟡 (4º, 5º y 6º): inválido el cuarto; bruto y sin recorrido el quinto y un sexto que se movió sin clase; José Vázquez 🔴⚪ (2ºbis): pronto y con movilidad, pero no tenía un ápice fuerza; y El Freixo 🔵🟡 (4ºbis): de feo estilo y sin mucha entrega.
José M.ª Manzanares (nazareno y oro), silencio en ambos.
Juan Ortega (oro viejo y oro), silencio en ambos.
Pablo Aguado (espuma de mar y oro), pitos tras tres avisos y silencio.
Escrito por Álvaro Cabello