Nunca se vendió. Nunca se traicionó. Ahí reside, precisamente, la paz suprema; la dignidad innegociable de un hombre. Vivir y morir de estricto acuerdo consigo mismo. Urdiales siempre fue Urdiales, incluso cuando lo fácil, lo cómodo y lo ventajista era cambiar de rumbo. Pero la pureza no se negocia. Hoy había que soñar bonito. Otra vez. Hoy volvía Diego a Madrid. En estos ignominiosos tiempos que corren, donde la pureza es devaluada sistemáticamente, gusta y se premia lo vulgar. Estaba costando sangre que se valorara la verdad; suele pasar desapercibida para la masa. Pero ya dijo alguien una vez que la poesía era para una selecta minoría. Hay que tener el paladar muy exquisito para paladearla. Estaba todo. Era el centésimo vigésimo sexto aniversario de la Corrida de la Prensa. Además, S.M el Rey nos acompañaba. Hoy iba a ser el día. Y vaya si lo fue…
Ya tenía una oreja cortada el de Arnedo. Media Puerta Grande en la escarcela. Pero es que el quite al cuarto de la tarde, ya por sí solo, valía el precio de una temporada entera. Fue la quintaesencia del toreo a la verónica. Ahí estaba el burel de Juan Pedro Domecq; lo citó Diego, lo embebió en los sutiles vuelos de su capote y llegaron una y dos verónicas templadísimas, sublimes, que no eran todo el milagro. Surgió una tercera. ¡Dios mío! Aquello paró los relojes. Entregado por completo al rito del toreo, el mentón hundido en el pecho, los talones hundidos y asentados en la arena. No cabe más honestidad. Todavía quedaba otra más en el cartucho. Un clamor unitario. Había que rematar la obra y emergió una media belmontina que convirtió la plaza en un auténtico manicomio. Atemperó Diego la embestida del animal en un torerísimo inicio de faena por bajo, de excelsa expresión, cosiendo a las telas una trincherilla que fue una pura exquisitez. Después, ya en la inmensidad de los medios, hilvanó una tanda por el derecho deteniéndose en la lentitud de la arrancada del toro, que venía de lejos con acometida franca y templada. En la distancia supo Diego que ahí radicaba el sagrado secreto. Todo fue clásico, parsimonioso y puro. Venía el toro con movilidad y repitiendo en unos derechazos hondos, de un trazo bellísimo, ligados y gobernados con pulso. Por el izquierdo le sopló dos series de más a menos, a medida que el astado se iba apagando; aun así, extrajo naturales bellos y profundos, vaciando la embestida del animal detrás de la cintura con un gusto excelso. El epílogo tuvo un sabor inmenso, a rodilla genuflexa, mediante trincherazos de mucho sabor. Qué barbaridad, Diego. Disfrutamos todos. Locura colectiva en Madrid. Y si además dejas un estoconazo en todo lo alto, ejecutado con la máxima pureza del volapié, el premio son las dos orejas. Todo quedó en una; los despojos, despojos son. El toreo ya era eterno. Y Diego volvería a pasa el umbral de la Puerta Grande ocho años después.
Al segundo de la tarde también lo cuajó de capa de manera sensacional. No se empleó absolutamente nada en varas el de Juan Pedro, llegando colaborador a la muleta, pero muy justito de raza. Diego lo disfrutó y nos lo hizo disfrutar desde el prólogo. Primero por el pitón derecho, en una obra de absoluto reposo, temple, pureza, armonía y deslumbrante belleza. Después llegó el pitón izquierdo, al natural, donde dejó muletazos sueltos de enorme concepto, dibujados con un gusto y una hondura superlativos. Cuando el animal comenzó a perder fuelle, Urdiales entendió a la perfección el momento exacto y se fue a por la espada. Y allí volvió a aparecer la verdad grande del torero: estoconazo ejecutado con la mayor ortodoxia del volapié. Diego ha dejado las cuatro estocadas de la feria en sus dos comparecencias. Un ejemplo de dignidad.
Después de ver sublimar el toreo de esa manera, a ver quién era el que salía allí a ponerse delante. De la pureza y el clasismo militante de Urdiales pasamos, sin solución de continuidad, al efectismo y la espectacularidad imperante de Roca Rey. De hinojos, poco más allá de la segunda raya, comenzó su faena al quinto con un cambiado por la espalda. De ahí se marchó el peruano a los medios para cuajar con la derecha dos buenas tandas, muy ligadas y por abajo, repletas de su indiscutible poder. El toro acudía y repetía con un aire bobalicón para acabar rajándose sin remedio. Pero el peruano persistió. Se echaba de menos el temple y la pausa. Al natural anduvo mucho más retorcido y ventajista, buscando los adornos accesorios para seguir calentando unos tendidos entregados a su causa. Pinchó antes de dejar una estocada muy contraria, concediéndose una oreja de mofa que fue protestada por el Madrid más cabal. Para colmo de males, vimos a un Roca encarado de mala manera con los tendidos durante la vuelta al ruedo. Desagradable espectáculo.
El tercero de su lote tuvo movilidad y repetición en los primeros compases, pero se vino abajo muy pronto. No ayudó en nada el encimismo del espada, que ahogó las pocas virtudes del animal. Lo mató, a este sí, de un estoconazo inapelable.
Bruno Aloi confirmaba alternativa en la cátedra y sorteó, con diferencia, el lote más deslucido del encierro. Nada se empleó en varas el abreplaza, al que no le faltaban las fuerzas pero que llegaría muy justito de todo a la muleta. Templó Aloi una buena primera serie de derechazos tras unos prolegómenos en los medios a base de estatuarios. Sin embargo, todo fue cuesta abajo por la deslucida condición del animal, que no tuvo recorrido alguno y que, de vez en cuando, se vencía de forma aviesa por dentro. Anduvo mal con la espada el azteca.
Muy anovillado fue el sexto de la tarde, un ejemplar que tuvo que entrar hasta cinco veces al caballo de picar puesto que la vara se partió hasta en tres ocasiones. Lo intentó el mexicano en la muleta con indudable voluntad, pero el toro venía totalmente marcado por la falta de casta y aquello era un imposible. Pinchazo y estocada trasera para cerrar una tarde en la que la poesía, a Dios gracias, venció a la mercadotecnia.
LA RESEÑA
Plaza de Toros Monumental de Las Ventas, Madrid. 18ª de abono, Feria de San Isidro, Corrida de la Prensa. Jueves 28 de mayo de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de Juan Pedro Domecq 🔴⚪: correctos y desiguales en presencia, de buen juego en líneas generales.
Diego Urdiales (azul pavo y oro), oreja y oreja tras aviso.
Roca Rey (berenjena y oro), silencio tras aviso y oreja protestada tras aviso.
Bruno Aloi (confirmación de alternativa) (blanco y oro), silencio tras aviso y silencio.
Notas: El Rey Felipe VI asistió a la corrida desde una barrera del tendido 9 acompañado del ganadero Victorino Martin. Se interpretaron los acordes del Himno Nacional de España al finalizar el paseíllo. Ignacio Martín se desmonteró tras banderillear al sexto.
Escrito por Álvaro Cabello