Todavía con el eco de la gloriosa tarde que ayer Diego Urdiales bordó en el albero de Las Ventas, asistíamos una vez más a la cátedra con el espíritu predispuesto al milagro. Qué efímera es la ilusión en Madrid. Esta decimonovena función de San Isidro que languideció entre la opacidad, la apatía y una alarmante ausencia de contenido primordial. Todo quedó reducido, para desdicha, a una oreja pueblerina y barata que Alejandro Talavante mendigó sin rubor. Qué poquita torería tienen algunos... Se lidiaba un encierro de Garcigrande, descastado y lastrado por una invalidez flagrante que obligó a devolver tres animales a los corrales. Los pocos que se salvaron de la pira resultaron noblones, sosos, huérfanos de la más mínima emoción. Sin toro no hay misterio; sin misterio, el rito se vuelve parodia.
Morenito de Aranda se fue a la puerta de toriles a recibir al abreplaza, al que esperó quieto, de rodillas como una auténtica estatua, hasta que el animal se percató de su figura. Tras un trámite insustancial en varas, vimos en la muleta a un toro noble al que no le sobraban las fuerzas y al que le costaba un mundo repetir. Allí anduvo entregado y honrado el burgalés, logrando buenos derechazos, sobre todo cuando exigió al astado bajándole la mano; el animal respondía con buena condición, pero lastrado siempre por su falta de poder. Lo pasaportó de una muy buena estocada ejecutada a la perfección.
El cuarto ofreció mayor movilidad y repetición en los primeros compases, aunque su fuelle se extinguió con presteza. Morenito planteó una labor de oficio, valor y querer, intentando limar las asperezas del bruto y descifrar las distancias. Sin embargo, el trasteo resultó excesivamente acelerado, lastrado por el empeño de ligar los pases sin terminar de cogerle el aire. Abrochó su actuación con una estocada algo tendida.
Talavante estuvo conformista y pasota con el noble segundo, un astado que ya había visitado Madrid haciendo las veces de sobrero el histórico pasado doce de octubre. El inicio de faena tuvo el sello de la casa: genuflexo, ligando en redondo la pastueña y dócil embestida del animal. El toro, que cotizaba a la baja en fuerzas, tuvo al menos la virtud de dejarse y humillar con clase. Pero ahí se clausuró el argumento. Lo que sobrevino después fue un compendio de muletazos deslavazados y sin orden ni concierto, reflejo fiel de la desgana que arrastra el diestro extremeño. Pasaportó al astado de una media contraria tras un pinchazo.
El quinto, cuajado pero muy pobre de pitones, fue devuelto con justicia por su acusada endeblez. Salió en su lugar un sobrero de Torrealta que no enmendó el deslucido juego de la tarde. De rodillas en el tercio inició Talavante su obra: uno de pecho, dos cambiados por la espalda y otro de pecho; una serie deslucida por la paupérrima condición del remiendo, que dobló las manos hasta en dos ocasiones. Poco más que algún natural esbozado con empaque dejó Talavante en el ruedo. El resto fue puro toreo efectista, ventajista, ejecutado con la comodidad propia de un tentadero a puerta cerrada. Toreando para la ignorancia de un tendido verbenero y asilvestrado, paseó la embestida de un animal moribundo con absoluta vulgaridad. Las luquesinas finales, desplante incluido ante el exhausto y parado astado, rozaron la mofa. Media plaza encantada en su burbuja festiva, compró el simulacro enloquecida. Bochornosa oreja de viernes isidril tras una estocada contraria.
Hoy veníamos a la plaza soñando despiertos con el toreo de Pablo Aguado. Ayer fue Diego y hoy esperábamos a Pablo. Ayer se obró el milagro, y hoy, ¿por qué no? Pues sencillamente, no. En tercer lugar, debió salir el toro que iba a cerrar plaza. En cuanto el astado titular perdió las manos una vez más, la plaza entera estalló en protestas. El motivo no era otro que la presencia en los toriles de una mole de 715 kilos como primer sobrero. Y aquí impera el absurdo del "toro grande, ande o no ande". Pitaba la plaza con fuerza porque se corrió el turno para que Aguado lidiara el sexto en ese lugar. No se entienden estas actitudes. Al tercero bis lo recibiría Aguado con unas naturalísimas verónicas de sublime temple, rematadas con una media eterna. En banderillas sobresalió de nuevo Iván García, una tarde más demostrando que es plata de ley. Pablo Aguado se sacó con torería al flojo toro a los medios, donde intentó el milagro de mantenerlo en pie en dos tandas iniciales a media altura. Pese a los mimos, el animal perdió las manos. El trasteo fue cuesta abajo, desprovisto de emoción, sin que el sevillano pudiera dibujar su concepto ante el inválido. Para colmo, anduvo mal con la tizona.
Llegaba por fin el momento que la masa festivalera ansiaba: la salida del buey de los setecientos kilos. Ya se sabe, la dictadura absurda de la báscula. Pues no anduvo. El mastodonte no podía con su alma y fue devuelto de inmediato para que saliera otro sobrero de Torrealta. Tras tres tandas de probaturas y probados desaires, Aguado abrevió con sensatez ante otro burel descastado. Cobró una estocada algo trasera y hoy sí acertó con el verduguillo para decretar el final de una jornada plomiza y decepcionante.
LA RESEÑA
Plaza de Toros Monumental de Las Ventas, Madrid. 19ª de abono, Feria de San Isidro. Viernes 29 de mayo de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de Garcigrande ⚪🔴: de correcta presencia, descastados en sus embestidas; y Torrealta 🔴⚫🟡 (5ºbis y 6ºbis): tan nobles como descastados.
Morenito de Aranda (azul marino y oro), ovación y ovación tras dos avisos.
Alejandro Talavante (sangre de toro y oro), silencio y oreja tras aviso.
Pablo Aguado (teja y oro), silencio en ambos.
Notas: saludó Iván García tras parear al tercero bis.
Escrito por Álvaro Cabello