Poco a poco nos vamos adentrando en el colofón de un nuevo San Isidro, y hoy se respiraban palabras mayores en Madrid. No solo por la visita de Su Santidad que flotaba en los aledaños, sino porque la legendaria divisa de Victorino Martín aguardaba en los chiqueros de Las Ventas. La verdad del toreo solo tiene un camino, y en Román todo es honestidad. Ese es su rumbo. El diestro valenciano conquistaría hoy la que se convirtió en su segunda Puerta Grande en Madrid, desatando el eterno debate sobre si el premio debió quedarse en un solo apéndice o en el doble trofeo concedido. Más vale, infinitamente más, este triunfo de Román que muchos de los sucedáneos presenciados a lo largo de este mes isidril.
En los medios de la plaza y ejecutando la suerte a recibir, Román recetó un estoconazo inapelable que le sirvió para desorejar al tercero de la tarde. Había sido “Gallarete” un burel encastado, pronto, humillador y dotado de una vibrante movilidad. El valenciano, un torero siempre dispuesto a ofrecer su propia existencia en honor a su vocación, se plantó con firmeza. Inició la labor sobre la mano diestra en el centro del anillo para tirar de la embestida del de Victorino en tres tandas de menos a más, arrastrando la muleta por el albero y dejándosela siempre en la cara al animal. El astado, agradecido al sometimiento, respondía yéndose largo, haciendo gala de su bravura y humillando de forma infinita. Al natural lo probó en una serie de mucho mérito, tragando de lo lindo y logrando trazar pases limpios, aunque evidenciando que el pitón excelso del Albaserrada era el derecho. Midió los tiempos a la perfección y, justo antes de irse a por la espada, regaló la tanda más rotunda de su obra desprendiéndose de la ayuda para torear al natural con la mano derecha, base de su vibrante faena. No fue una labor perfecta ni rotunda, pero sí un ejercicio de suprema dignidad y sinceridad. Una lección de verdad que el cónclave madrileño supo premiar.
La historia cambiaría de forma radical en el sexto, un pasaje donde el valenciano apenas pudo esbozar su concepto ante un animal ayuno de entrega. El cárdeno cumplía en los embroques, pero salía desentendido de la muleta, buscando la huida. Para colmo, Román se atascó con los aceros, emborronando el cierre de su gran tarde.
Morenito de Aranda no vivió su jornada más inspirada en la capital. El imponente “Milanés”, que abrió plaza imponiendo presencia, surcó la arena con el hocico por el suelo, haciendo gala de una infinita humillación desde que asomó por chiqueros. Tuvo calidad el de Victorino, pero sus escaso fondo provocó que terminara acortando el viaje, desarrollando un peligro notable. Morenito anduvo justificándose en una faena irregular, con destellos de buen trazo, pero sin llegar a descifrar por completo las vueltas de su oponente, pasaportándolo de una estocada tendida y atravesada.
Alargó en demasía la faena frente al cuarto, un astado que tampoco cesó de humillar. El burgalés desgranó demasiadas tandas sin lograr redondear la obra. Por el pitón derecho el burel se deslizaba con clase y nobleza, y aunque Morenito estuvo a la altura en momentos aislados, corriéndole la mano por abajo, la intermitencia enfrió los tendidos. El astado fue a menos en su condición y el público cayó en el aburrimiento, despertando únicamente para abroncar con fuerza un infame bajonazo.
Escrutado al milímetro por sus numerosas y discutidas Puertas Grandes en esta plaza, Fernando Adrián afrontó la tarde bajo una tremenda exigencia. Leña de sobra portaba el segundo de la tarde, aunque le faltara el cuajo que se le presupone al encaste. Se dejó pegar sin estilo en el caballo para llegar al último tercio con un andar defensivo, pasando por los engaños, pero desprovisto de entrega y de la humillación de sus hermanos. No era un oponente idóneo para el lucimiento, pero el espada tampoco mostró la claridad de ideas necesaria, perdiéndose en una sucesión infinita de muletazos periféricos que no condujeron a nada antes de dejar una buena estocada.
El tercio de varas al quinto fue un auténtico caos de lidia. Se castigó de mala manera al toro cuando se logró el encuentro, pues en la segunda entrada se partió la vara y en la tercera el varilarguero dio con sus huesos en el suelo. El presidente cambió el tercio bajo una ensordecedora bronca y gritos que exigían su destitución. El de Victorino sacó la casta suficiente para seguir las telas, pero Adrián buscó el lucimiento personal que la estructura lógica que demandaba la lidia. Cuando intentó reconducir la situación, recurrió al toreo de cercanías en terrenos donde el astado ya no ofrecía opción alguna, provocando que la faena se diluyera irremediablemente en la nada.
LA RESEÑA
Plaza de Toros Monumental de Las Ventas, Madrid. 26ª de abono, Feria de San Isidro. Sábado 6 de junio de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de Victorino Martín 🔵🔴: desiguales en cuanto a presencia y de buen juego en líneas generales. De corto viaje el primero; encastado, con clase y humillador el segundo; un tercero excelente: pronto, humillador y de buen tranco; noble el cuarto; le faltó poder al quinto; sin entrega el cierraplaza.
Morenito de Aranda (nazareno y oro), silencio tras aviso en ambos.
Fernando Adrián (verde botella y oro), pitos y silencio tras aviso.
Román (celeste y oro), dos orejas y silencio.
Escrito por Álvaro Cabello