Cuando la feria septembrina de San Miguel hace acto de presencia, se adueña de uno la melancólica certeza de que la temporada va echando el cierre lentamente. Hoy, la bella princesa que es la Maestranza sevillana volvía a engalanarse para dar comienzo a los festejos mayores de su último ciclo. Y lo hacía con un cartel paupérrimo, donde resulta francamente difícil de comprender la convivencia de Manzanares y Talavante en pleno 2026. Para colmo de males, dieciséis años después regresaba la divisa de El Puerto de San Lorenzo para perpetrar un petardo monumental. Solo Juan Ortega y la caricia inmortal de su capote en el tercero nos rescataron de un sopor abismal.
Un bonito y bien hecho castaño de La Ventana del Puerto abrió la tarde maestrante. Metió la cara con incuestionable clase en las verónicas de saludo de Manzanares, aunque embestía con las manitas por delante y recortando el viaje. Esa preocupante invalidez vislumbrada desde el alba, fue la tónica dominante de toda la lidia, si bien el burel lució las virtudes de la nobleza y la prontitud. Por alto y sin obligar un ápice, estructuró el alicantino el prólogo de una faena anodina, ayuna de historia. Si al animal se le apretaba se iba a la arena, de modo que Manzanares lo cuidó a media altura; por el izquierdo, además, marcaba una clara tendencia hacia los adentros. Apenas brotó una serie más ligada sobre la diestra, conduciendo la embestida con los vuelos de su anchurosa muleta, en una labor desprovista de todo ajuste. Un pinchazo hondo bastó para finiquitar al astado.
La historia se repitió en el cuarto, un inválido que sencillamente no podía con su alma y al que despachó en medio de una insulsez absoluta tras una estocada contraria.
Entre uno y otro ayudado por alto con los que Talavante inició su trasteo al segundo, el de El Puerto solo buscaba de continuo las tablas. El extremeño logró convencerlo en una primera tanda sobre la derecha, donde el animal embestía con innegable clase. Sin embargo, en cuanto le ofreció el pitón zurdo volvió a aflorar una mansedumbre descarada, buscando la querencia del refugio. Talavante hizo con él lo que quiso, aprovechando a favor de querencia la movilidad del astado en una faena de corte efectista. Enterró el acero y paseó una oreja de escaso peso.
El quinto acusó idéntica condición de principio a fin: mansedumbre pura, buscando la huida a la defensiva. Fue en el inicio por doblones en redondo, de purísimo sello talavantista, donde pareció sujetarlo al bajarle muchísimo la mano con desbordante poderío. Fue el único instante en que de verdad le toreó. A pesar de los arreones propios de su mansedumbre, el toro poseía movilidad y ciertas opciones; sin embargo, Talavante prefirió derivar su labor hacia el populismo sin sustancia. Dejó un pinchazo hondo y trasero, ofreciendo el astado un mundo de dificultades para el descabello hasta el punto de acertar a escasos instantes de que sonara el fatídico tercer aviso.
Cuando Juan Ortega estuvo a punto de detener las agujas del reloj con el capote, en una verónica que se adivinaba inmensa, el tercero clavó los pitones en el albero. Le prosiguieron otros cuantos lances bordados de sublime empaque y temple, abrochados con una bellísima cordobina y una media de rodillas que deslució la inoportuna caída del animal. La delicia prosiguió en un sublime, apoteósico, galleo por gaoneras andándole al toro para llevarlo al caballo, donde apenas se le castigó. Brindó al respetable para poner posteriormente toda su alma y voluntad en la pulcritud y pureza de los cites, en la belleza y en la parsimonia de cada muletazo. Pero el de El Puerto carecía de poder y su alarmante endeblez le obligaba a defenderse echando al traste cualquier opción de lucimiento. Tras un pinchazo hondo, el animal se echó al suelo agotado.
Frente a la desclasada y endeble condición del cierraplaza, el arte de Ortega volvió a despuntar en dos series extraordinarias de naturales. Llevó la embestida mucho más lejos de lo que el propio toro había ofrecido, dibujando muletazos de deslumbrante hermosura. La ligazón resultaba una utopía dada la ausencia de poder del oponente, pero el poso quedó grabado en el albero. Cobró una estocada delantera al segundo intento.
LA RESEÑA
Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Segundo festejo de la Feria de San Miguel. Viernes 25 de septiembre de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de El Puerto de San Lorenzo 🔴🟡 (2º, 3º y 4º) y La Ventana del Puerto 🔴🟡 (1º, 5º y 6º): desiguales de presencia e infames de pitones. Noble y con prontitud, aunque sin fuerzas el primero; manso con movilidad el segundo; enclasado, pero de alarmante endeblez el tercero; un cuarto totalmente inválido, manso el quinto, otro inválido el sexto.
J. M.ª Manzanares (azul rey y oro), silencio en ambos.
Alejandro Talavante (tabaco y oro), oreja y ovación tras dos avisos.
Juan Ortega (tabaco y oro), silencio y silencio tras aviso.
Escrito por Álvaro Cabello