Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol. Hoy era uno de ellos: el día del Corpus Christi, una de las jornadas más bellas, luminosas y de mayor solera del calendario hispalense. La noche previa se había vivido con una ilusión febril, similar a la víspera de Reyes, ante la expectación de ver a la terna sevillana por excelencia trenzar el paseíllo en la Real Maestranza de Caballería. Todo se conjugaba a favor en una urbe engalanada con altares excelsos y el Santísimo procesionando por sus calles. Sin embargo, la verdad de la fiesta, que reside siempre en las astas del toro, sufrió un descalabro monumental por culpa del saldo ganadero enviado por Matilla para la cita más esperada del año en el abono taurino. La corrida resultó inválida, vacía de casta y huérfana de emoción. En medio de este desierto, el genio de la Puebla del Río, Morante de la Puebla, obró dos obras de orfebrería pura, haciendo milagros con lo que tenía enfrente, para terminar, saliendo por una Puerta del Príncipe excesivamente generosa. A un artista de su dimensión no le hacen falta estos regalos reglamentarios, pues su concepto del toreo se sitúa muy por encima del triunfalismo estadístico. Resulta paradójico y casi ridículo que, tras su histórica y sublime faena del pasado dieciséis de abril, donde rozó el séptimo cielo del toreo, se le negara la gloria por cuestiones de contabilidad de trofeos, y hoy se abriera la misma cancela de manera tan barata.
La tarde nació torcida cuando el feo abreplaza claudicó de manos en cada viaje, provocando una monumental rechifla que obligó a asomar el pañuelo verde en el palco. Morante recibió al sobrero de Garcigrande con unas verónicas arrebujadas, de una suavidad y un temple colosales. Durante la lidia, el astado cortó el viaje por el pitón izquierdo, denotando un evidente defecto de visión que se confirmó en sus posteriores tarascadas e irregular comportamiento. En las tablas, el cigarrero inició su labor con torerísimos ayudados por bajo ante un oponente desprovisto de poder. Estuvo impecable, manejando con maestría las distancias y las alturas para jugar con las inercias del animal y lograr la ligazón que encendió los tendidos. Morante esculpió una obra de arte pasándose los pitones por la faja, supliendo la nula humillación del bicho con la virtud de dejarle la muleta muerta en los hocicos cuando salía desentendido. Pese a que la espada cayó baja, el palco concedió una oreja.
El escándalo estalló con la salida del cuarto, un auténtico novillo desprovisto de trapío y dignidad para esta plaza. El becerrote anduvo incierto en los primeros tercios, apuntando clase en los capotes, o bien saliendo suelto y sin emplearse. A solas con él, Morante dictó la quintaesencia del toreo al natural en una faena que fue creciendo en intensidad gracias al pulso y la medida exacta de los tiempos. Con la evocación de su tarde más gloriosas, la banda de Tejera rompió a tocar con "Rubores" mientras el diestro enganchaba la embestida con la panza de la muleta para vaciarla detrás de la cadera en trazos abrumadores. Apabullante. El de Matilla respondió entonces con una embestida humillada y profunda, sostenida únicamente por la cadencia que le imprimió el genio. Tras enterrar un estoconazo, la plaza estalló en una petición unánime que el usía transformó de manera excesiva en un doble trofeo, desnudando la falta de rigor de la presidencia. Morante no necesita dádivas para agigantar su leyenda.
El segundo de la tarde apuntó nobleza y clase por el pitón izquierdo en los primeros tercios, y fue precisamente por ese lado por donde brotó el toreo de Juan Ortega. El sevillano cosió naturales sublimes, de un temple descomunal y una colocación perfecta, esculpiendo los lances con un compás exquisito. No obstante, la alarmante falta de poder del de Matilla restó toda emoción al trasteo, confirmando una vez más que el arte sin la emoción del toro carece de calado. Tras marrar con el acero, todo quedó en una calurosa ovación.
Con el quinto de Garigrande, un toro que sí lució el cuajo, las hechuras y la seriedad que se exigen en Sevilla, Ortega acusó su actual bache de confianza. El diestro se mostró indeciso, sin la claridad de ideas necesaria para limar las protestas del burel en cada embroque, matando con una buena estocada tras una labor gris.
En la otra orilla, en todos los sentidos, Pablo Aguado, quien demostró una disposición y una raza encomiables. Se fue a la puerta de toriles a recibir al tercero con un farol de rodillas del que tuvo que levantarse al quedarse el toro corto en la arrancada. Aguado intentó fijarlo a la verónica, pero el animal se quedaba parado. Consiguió después firmar un quite primoroso con dos verónicas y una media al ralentí de corte netamente de la escuela de San Bernardo. El tercio de varas fue un auténtico caos provocado por la impericia del Mario Benítesz y el desorden de la lidia, un desbarajuste que afortunadamente enmendó Iván García en banderillas con dos pares soberbios. En la muleta, Aguado comenzó con andares de infinita torería, desgranando molinetes, naturales y desprecios llenos de garbo. Ya en los medios, corrió la mano con suma naturalidad sobre la diestra, ligando los pases a compás abierto. La faena se movió en una extraña dualidad debido a la sosa condición del astado, que alternó viajes entregados con momentos de absoluta insulsez. Destacó un derechazo eterno que crujió en los tendidos, pero la le impediría tocar pelo.
El sexto se rajó en cuanto sintió la más mínima exigencia. Aguado no tuvo opción y abrevió con una estocada caída para poner fin a la tarde, antes de que Morante fuera llevado en volandas por Adriano camino del Colón.
LA RESEÑA
Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Corrida del Día del Corpus. Jueves 4 de junio de 2026. Lleno de “no hay billetes”.
Toros de Hnos. García Jiménez 🟣🔵: de presencia deleznable: anovillados, chicos, sin ningún trapío. Descastados y sin ningún poder en sus embestidas; y Garcigrande ⚪🔴 (1ºbis y 5º): de correcta presencia el remiendo, no fue así el sobrero.
Morante de la Puebla (mandarina e hilo blanco), oreja y dos orejas.
Juan Ortega (berenjena y oro con los cabos negros), ovación y silencio.
Pablo Aguado (burdeos y oro), ovación y silencio.
Notas: sonaron los acordes del Himno Nacional de España al finalizar el paseíllo; así mismo, la terna saludó una calurosa ovación.
Saludaron Iván García y Sánchez Araujo tras un destacado tercio de banderillas en el tercero.
Escrito por Álvaro Cabello