La segunda entrega del Alfarero de Oro vino condicionada por una novillada de Pedraza de Yeltes de invalidez clamorosa que desbarató las opciones de una dispuesta terna. Frente al desierto de materia prima, quienes daban por amortizado a El Mene habrán de guardar silencio tras una sensacional actuación en la que inventó dos faenas de la nada, exhibiendo la elegancia y el poso de un novillero con aroma a alternativa inminente. Por su parte, Martín Morilla no pudo hacer más que dejar pinceladas de su refinado gusto ante un lote inservible, mientras que Simón Andreu protagonizó una irregular labor, aunque en línea ascendente.
El primero de la tarde lucía una estampa alta y corpulenta, muy en la línea de la casa, aunque pronto desveló en el capote de El Mene su alarmante falta de fuerzas. Confirmó sus males al perder las manos tanto al entrar como al salir del peto. Se entiende y se aplaude por supuesto, la exigencia de Villaseca de cumplir los dos puyazos, pero ante semejante invalidez la norma carece de sentido al impedir cualquier atisbo de pelea real. El trasteo transcurrió siempre mermado por la nula emoción que transmitía un animal descastado, aunque sirvió para atisbar el grandioso concepto del zaragozano. Supo sobajarlo a la perfección en un inicio de faena trazado en línea recta y a media altura, sin exigencia alguna para afianzarlo. Estuvo imperial El Mene en las formas, muy torero, firmando naturales de uno en uno a pies juntos, ofreciendo el pecho y sin un solo toque, aderezados por una elegancia superlativa que la falta de raza del astado terminó por amortiguar. Nula emoción. Coronado el trasteo, cobró una estocada perfecta.
Se inventó después una labor de altísima escuela frente al cuarto, un animal áspero, carente de clase y que soltaba la cara con violencia. A base de tesón, impecable colocación y autoridad, terminó por tapar los severos defectos del de Pedraza hasta romper a torear en cuatro naturales monumentales. Presumiendo de una personalidad erguida y madura, llevó la embestida tras la cadera con un empaque extraordinario en una obra de medido metraje, poder y supremo temple. Cuánto recuerda, guardando las distancias, este torero a la majestuosidad de Julio Robles; ahí queda el piropo. Lástima que la tizona le privara de un trofeo de incontestable peso.
El segundo de la función dejó el escaso caudal de su fuerza en dos entradas al caballo donde fue castigado en exceso por el varilarguero, incapaz de dosificar un castigo que el animal acusaría irremediablemente en la muleta. Brindó al respetable Martín Morilla antes de abrirle los caminos con suma torería hacia los medios. Sin embargo, su actuación quedó reducida a un mero testimonio de buen gusto ante la inmensa invalidez del de Pedraza, al que le costaba un mundo acometer y que, en las contadas ocasiones en que lo hizo, fue con la cara alta, sin entrega ni recorrido. Le puso voluntad Morilla, pero se estrelló ante un auténtico marmolillo. Cobró una estocada algo desprendida que resultó fulminante.
Otro inválido de solemnidad fue el quinto, un novillo que atesoraba cierta calidad pero que arrastró una alarmante falta de gas. Morilla anduvo con la dignidad por bandera, haciendo gala de un concepto exquisito y extrayendo pasajes de bello trazo por ambos pitones, aunque la falta de oponente hizo estéril el esfuerzo. Se atascó con el acero para cerrar su actuación.
Un punto más de movilidad ofreció el tercero en el capote de Simón Andreu, quien no terminó de aprovechar las virtudes del oponente. Tuvo el de Pedraza una condición franca por noble, pronta y dotada de un buen tranco. Se mostró en exceso parsimonioso y falto de apuesta el novillero, acusando ser el más verde del cartel. El astado no anduvo sobrado de casta, pero requería que le dejaran la muleta puesta para ligar y una mayor exigencia para romper a volar, algo que Andreu no llegó a ejecutar. Su trasteo resultó limpio pero desordenado en los terrenos, de pase de a uno y perdiendo pasos constantemente. Se le atisba una zurda prometedora y de hecho regaló naturales de bellísima factura por ese lado, pero la faena transitó por la vulgaridad mientras el de Pedraza se apagaba, faltando el ataque definitivo para conectar con los tendidos. Dejó una estocada ligeramente desprendida.
Esa determinación que le faltó con el anterior sí la exhibió Andreu frente al sexto, al menos mientras duró el gas del animal. Tuvo el de Pedraza nobleza, clase y otro ritmo. Arrancó bien el novillero, ligando en las primeras tandas sobre la diestra, aunque sin terminar de someter al astado, limitándose a acompañar la embestida. Tuvo cierta intensidad, pero escaso ajuste la obra en sus compases iniciales, hasta que el novillo terminó por desfondarse demasiado pronto y todo se vino abajo. Mató de una estocada por derecho.
LA RESEÑA
Plaza de Toros “La Sagra”, Villaseca de la Saga. 2ª de abono de el XXVI Alfarero de Oro. Viernes 4 de septiembre de 2026. Más de media plaza.
Novillos de Pedraza de Yeltes ⚪🟢: bien presentados; en general zancudos y de mucha caja, en el tipo de la ganadería. Primero y segundo fueron bravos en varas, pero llegaron sin ningún poder a la muleta; al tercero le faltó raza, pero tuvo buen tranco y prontitud; un desclasado cuarto complicado que soltaba la cara; un quinto de buena condición, pero lastrado por una alarmante falta de fuerzas; y el sexto fue el mejor, noble, con clase y prontitud.
“El Mene” (tabaco y oro), silencio y ovación tras aviso.
Martín Morilla (nazareno y oro), silencio en ambos.
Simón Andreu (rosa palo y oro), silencio en ambos.
Notas: se interpretaron los acordes del Himno Nacional de España al finalizar el paseíllo.
Escrito por Álvaro Cabello de la Haba