Una de las virtudes que dotan de superior grandeza al universo taurino es su soberana imprevisibilidad. La afición ponía rumbo a Villaseca de la Sagra con Emiliano Osornio entre ceja y ceja, sin perder de vista a un Manuel Quintana que traía la vitola de un refinado concepto y que terminó cayendo herido tras una demostración de apabullante entrega en el primero de su lote. Mucha fuerza, torero. Y miren por dónde, las conversaciones a la salida del coso convergían en la rotunda dimensión e importantísima tarde —ayuna de acero— de un semidesconocido llamado Jorge Hurtado, de quien a partir de hoy nadie podrá olvidarse. La novillada de Conde de Mayalde ofreció un argumento de incuestionable interés; hubo matices para todos los gustos, pero prevaleció el excelente juego global de sus pupilos, con utreros de encastada bravura en el caballo como el segundo y el tercero.
Pocos manejaban la carta de presentación de Jorge Hurtado. Ya en su primer capítulo vislumbramos un trazo vertical salpicado de torería ante el encastado segundo, un astado de Mayalde enseñando las puntas que resultó ser un animal de nota. Empujó con los riñones y metiendo la cara abajo en el peto, derrochando fijeza y una vivacidad formidable. Resultaba arduo domeñar semejante temperamento, y Hurtado suplió la falta de poso con una firme voluntad para medir distancias y pisar los terrenos precisos. Halló en la zurda el vehículo idóneo para dar vuelo a su concepto mediante naturales donde buscó la colocación, abrochando los muletazos muy por abajo y aderezados por cambios de mano de bellísimo aire. No lo cuajó, pero a ver cuántos lo hubiesen hecho. No estuvo certero con la espada.
Sería más avanzada la tarde, frente al quinto, cuando Hurtado evocó aromas de otra época en el ruedo de La Sagra. Cumplió el de Mayalde en varas antes de que José Germán prendiera dos pares monumentales que levantaron a la plaza y propiciaron el posterior brindis del novillero. El inicio de faena destiló torería y emoción donde “Chorlito” persiguió los vuelos con codicia y humillación en un remate por bajo para degustar con pausa. Todo fue una escalada a más, dejando atrás los enganchones iniciales hasta alcanzar el cenit al natural, donde rompió la faena. Citando con infinita suavidad, el joven espada embarcó la embestida para llevarla cosida en naturales añejos y templadísimos. Más naturales y más altura alcanzaba el trasteo, con novillo y novillero entregados a un toreo pausado, vertical y puro. El toreo de toda la vida. Desafortunadamente, la espada tornó en pesadilla y pinchó en varias ocasiones. Todo se redujo a una clamorosa vuelta al ruedo y al poso de una dimensión extraordinaria.
Emiliano Osornio apechugó en primer lugar con un astado tan noble como inválido. Desde la voltereta en el saludo capotero hasta las pérdidas de manos en el peto, las escasas fuerzas del de Mayalde acusaron un evidente declive. Trató el mexicano de estructurar trasteo imprimiendo muletazos verdaderamente extraordinarios, de especial estética al natural, pero la labor careció de transmisión dada la endeblez del oponente. Mató de una buena estocada.
Reiteró el azteca las virtudes de su concepto ante el cuarto, un novillo con clase e intención de humillar al que la falta de fuerza y empuje le impidió mayor lucimiento. Enterró media estocada y requirió del descabello para finiquitar al animal. Tuvo que hacerse cargo asimismo del sexto al no poder reincorporarse Quintana. Mientras sonaba la jota, Osornio enjaretó verónicas de mentón hundido y entrega total a las francas embestidas del castaño, repitiendo el buen aire capotero en un brillante quite tras el caballo. Fue lo más brillante de su trasteo, pues con la franela debió resolver con oficio y claridad una embestida más áspera y descompuesta. Cumplió con la espada, aunque el acero quedó algo trasero.
Imponente de estampa, bien hecho y astifino lució el tercero que le correspondió en suerte a Manuel Quintana. Derrochó casta el cordobés frente a un animal de tremenda exigencia que le hizo tragar de firme. Ofreció la imagen de un novillero curtido y de refinada inteligencia en un notable trasteo por planteamiento y limpieza, cuyos mejores pasajes brotaron sobre el pitón derecho. Al probar por el izquierdo sobrevino un desajuste y el de Mayalde lo vio, hizo por él y le soltó un derrote sin aparentes consecuencias iniciales. La realidad mutó después en una cornada interna de quince centímetros. Quintana ni se miró. Volvió a la diestra para buscar un toreo más relajado, erguido y a la vez poderoso para atemperar la marejada del astado. Se atascó con la tizona.
LA RESEÑA
Plaza de Toros “La Sagra”, Villaseca de la Saga. 3ª de abono de el XXVI Alfarero de Oro. Sábado 5 de septiembre de 2026. ¾ de plaza.
Novillos de Conde de Mayalde 🟤🔴: bien presentados, muy serios, de notable expresión y cuajo. De variado juego, pero muy interesante. El primero fue muy noble, pero estaba inválido; un segundo complicado por encastado, de mucho temperamento y exigencia; el tercero resultó muy encastado; el cuarto de buena condición, pero venido a menos; el quinto fue de enorme calidad; y el sexto algo descompuesto.
Emiliano Osornio (rioja y azabache), silencio, silencio tras aviso y silencio en el sexto que toreó por Manuel Quintana.
Jorge Hurtado (blanco y plata con los cabos negros), ovación y vuelta al ruedo.
Manuel Quintana (blanco y plata), ovación tras aviso y herido.
Notas: se interpretaron los acordes del Himno Nacional de España al finalizar el paseíllo.
Manuel Quintana resultó herido durante la faena al tercero y no pudo salir en el sexto a causa de una cornada interna.
Óscar Reyes y José Manuel Mas saludaron tras banderillear al tercero, y José Germán hizo lo propio en el quinto.
Se le dio la vuelta al ruedo a “Chorlito” lidiado en quinto lugar.
Escrito por Álvaro Cabello de la Haba